23.2.05

El fin de la traición

[1]
traición.
(Del lat. traditi(o, -o-nis).
1. f. Falta que se comete quebrantando la fidelidad o lealtad que se debe guardar o tener.
2. f. Der. Delito cometido por civil o militar que atenta contra la seguridad de la patria.
(Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española)

[2]
En el caso de la primera siginficancia:
Sí, pasaron muchas cosas la semana pasada que rompieron con la fidelidad, quizá ilusoria, que tenía la realidad que me rodeaba. Sí, la lealtad de mi y hacia mi, fue bruscamente alterada en varios casos.
En el caso de la segunda definición:
Sí se cometieron actos, entendidos o sustituidos por el término delito, en contra de mi seguridad, "mi" en sustitución de la patria.

[3]
La traición también puede verse como un cambio, uno brusco.

[4]
Tener el control da seguridad. Todo controlado te permite saber exactamente qué es lo que sucederá al instante siguiente y por ende actuar en consecuencia para poder abortar los dichos peligros que atentan contra la seguridad de nos.

[5]
La traición impide el control. La traición es una variable que se sale de la ecuación de control.

[6]
El control es pérdida de movimiento aleatorio.

[7]
La traición es la pérdida del control sobre el movimiento, haciéndolo si bien aleatorio, en ocasiones errático.

[8]
El movimiento es avance. Un sistema sin movimiento es un sistema muerto.

[9]
El movimiento constante y controlado, permite avance, pero constituye un obstáculo para la inovación.

[10]
La tradición, en tanto resorte de los movimientos erráticos, es la madre de una posible inovación.

[11]
Ante la traición hay que actuar de manera inmediata para solucionar los problemas subsecuentes y lograr una nueva estabilidad, que no necesariamente sea igual a la original. Es decir, es posible que el movimiento provocado por la traición, obligue a una reevaluación de rutas y desempeño.

[12]
Es decir, la traición, en cierto sentido desemboca en nuevas alternativas, nuevos movimientos.

[13]
En resumen, la traición es un cambio brusco, la destrucción de los esquemas existentes.

[14]
Allí es donde radica el problema más grave. El cambio. Soy el partidario número uno de la estática.

[15]
Pero el movimiento es necesario, lo sé. Aunque... me cuesta trabajo.

[16]
La traición permite el movimiento y por ende una avance evolutivo, en tanto que permite el reajuste a nuevas circunstancias. Vuelve a ser la ley del más fuerte. Si sobrevives pasas de nivel, por así decir.

[17]
Ya no estoy peleado con la traición. Como todas las cosas, es parte del ser humano.

[18]
Los que es es porque así tenía que ser, de no tener que haber sido así, entonces no sería, pero así es.

[19]
Hay que hacer lo que se tiene que hacer y liberarnos del karma.

[20]
Una disculpa por lo criptico de todo lo anterior... no se preocupen, ya pasó.

15.2.05

Vasta

Vayan a este link y busquen la foto de la mujer punk, la cual me inspiró las siguientes diatribas:

Yo tengo un hijo, apenas cuatro años. Pero este post me despertó preguntas: ¿Cuál es futuro que nos pertenece? ¿Es el mismo que a ellos pertenece? ¿Dónde quedó el futuro que inventamos? Baste recordar la película Volver al futuro y ponerse a pensar ¿Dónde quedó el futuro que perteneció a los años ochenta? Cuando llegaron los años noventa y el nuevo milenio la idea futurista de la decada pastel se desvaneció pues había una nueva verdad, realidad o como sea, pero ¿dónde quedó el futuro de los años noventa? ¿Dónde quedó nuestro futuro? ¿dónde el de los jóvenes de doce y ocho años? ¿dónde el de los niños de cuatro? ¿Será que por eso, de vez en vez, nos ataca la nostalgia? ¿Por tener un futuro perdido en el pasado?

14.2.05

Hay veces en que sigue doliendo

[paréntesis 1]


Hace un par de fines de semana fui a casa de mi amiga, la bruja, a celebrar Imbolc, el retorno de la luz, festividad de raices paganas y parte de mi religión. La noche anterior habíamos llevado a cabo los rituales correspondientes y esa tarde sólo íbamos a tener una reunión menos formal pero entre hermanos. Preparamos tamales y llegó Paty, enigmática mujer chamánica que se cruzó en el camino de Carmen y por ende en el mío, así es como se teje la vida... todos compartimos el mismo camino al final.

Ella fue a darnos un taller sobre mandalas. En pocas palabras, un mandala es la representación, casi siempre de manera simbólica, de una emoción, sentimiento, pensamiento o deseo. Digamos que los mandalas son objetos mágicos y, a la vez, sagrados.

Durante los ejercicios, Paty, nos pidió que usáramos nuestra mano izquierda, pues es la que está regida por nuestro hemisferio cerebral derecho, la intuición. De tal suerte que empezamos, resultaron cosas diversas, curiosas e incluso dolorosas. No platicaré de todos los casos, sólo del mío.

Resulta que durante los ejercicios, cuando dibujábamos las cosas más detestadas, odiadas y repudiadas para nosotros, salió a relucir que mi más grande batalla (según mi inconsciente) es contra la traición. Analizándolo un poco es cierto, pues desde que soy wiccano me he propuesto hablar con la verdad, pues la verdad es la única que persiste ante todo. Puede ser dolorosa, irrefutable, cruel, pero verdad al fin.

Y sí, como es sabido, lo que más detestamos es aquello que nos negamos a aceptar de nosotros mismos. Sabía, sé, que dentro de mi se alberga la traición. Sabía, sé, que es mi temor más grande. Sabía, sé, que me pueden traicionar. Sabía, sé, que puedo traicionar. Y ésta, la última, es la más dura enseñanza que he tenido en muchos años.

La traición es lo opuesto a la verdad, son los dientes afilados que esperan en la oscuridad para morder la carne sin ser vistos. Es el ladrón que muestra una cara y su intención es otra. La traición es, al igual que la verdad, parte de ser humano.

[paréntesis 2]

Sé que, para ser un ser completo y alcanzar la iluminación (cosa que todo ser humano debe alcanzar a su debido tiempo), hay que vivirlo todo. Esa es mi postura espiritual, por decirlo de algún modo. A lo largo de las reencarnaciones vamos aprendiendo nuevas cosas, vamos recorriendo los diferentes caminos que nos llevan a completar el difícil diagrama que nos convierte en humanos y nos conecta con la divinidad.

[paréntesis 3]

Hace muchos años, aún estaba en la primaria, se organizó una kermes en la escuela en la que iba. En uno de los tantos puestos, estaba la abuela de uno de mis compañeros. En dicho puesto, se suponía, se leía la mano. La abuela, mujer gitana hasta el tuétano, me dijo al tomar mis manos: "Uy, tú eres un alma muy vieja...", esto se me ha quedado grabado desde entonces. Cada vez que alguien me ha leído la mano me dice lo mismo. Cuántas reencarnaciones, cuántos años... nadie me lo ha dicho.

[paréntesis 2 bis]

Después de los años de estudio y de los años de la vida, pensé que en esta encarnación no tendría que pasar por la prueba de la verdad/traición, pero parece que me equivoqué.

[paréntesis 4]

En el sitio oficial de Alejandro Jodorowsky, a quien yo considero o un loco o un genio... o ambas, habla sobre la sicomagia, termino acuñado por el mismo y que se ajusta a ciertas enseñanzas inherentes a su familia (esposa, hijo y él mismo). Aquí, no hablaré a profundidad sobre el tema, pero ahora recuerdo un ejemplo de su terapia que decía más o menos así: "Un día un hombre llegó a mi consultorio muy angustiado porque le habían leído el tarot. En la lectura le habían dicho que debido a una muerte, perdería una gran cantidad de dinero. Yo [Jodorowsky], le dije: "Esto es lo que vamos a hacer: tu rociarás esta lata de insecticida en esta habitación y saldremos. [Así lo hace el hombre, al regresar encuentran una mosca muerta en la mesa], Ahora toma un billete de veinte pesetas y márcale seis ceros más, envuelve la mosca en el billete y lánzalo por la ventana. Listo, acabas de perder 20,000,000 de pesetas por una muerte, la mosca muerta. Haz cumplido la profecía." El hombre ha estado bien desde entonces". Es decir, sí, estamos atados a los designios y a lo que podemos leer en los oráculos, pero también somos capaces de tomar las riendas de nuestras vidas.

[paréntesis 1 bis]

La semana siguiente a dicha revelación en el taller de mandalas, en la oficina tuve que, sino traicionar directamente, dar un paso atrás y dejar que la traición tomara las riendas de ciertas circunstancias. Tomando en cuenta el paréntesis anterior (el cuatro), pensé que todo estaba ya hecho, que el karma había sido pagado, pero no.

[paréntesis 5]

Cada semana, Eugenia, mi amada, saca una runa para saber qué es lo que tiene que aprender la semana en cuestión. A lo largo de los meses que ha seguido esta costumbre, de alguna manera extraña, como siempre nos sucede, nos hemos simbiotizado y su enseñanza de la semana acaba siendo para mi también. El día de ayer, domingo (cuando ella hace lo propio con la runas), salió Thurizas, el diente. Esta runa simboliza el diente de la víbora, la cual está agazapada entre la hierba lista para morder, esta runa es, además de una runa preventiva que aconseja prudencia y precaución, es digo, la que corresponde a la antítesis de Odín: Loki; es pues, la runa de la traición... retruécanos!!!

[paréntesis 6]

Hace muchas lunas, fui a casa de mi amiga, la bruja, para conocer a sus graduados. En la noche, se acercó uno de sus alumnos y me dijo: "Es en verdad un honor conocerte Incannus, Carmen dice que tú sí eres su hermano, que eres ley, que siempre hablas con la verdad y que por eso eres grande". Me sentí tan orgulloso de mi mismo, después de años de sembrar la verdad en cada una de mis actividades, por fin estaba rindiendo frutos. Por fin, después de años de aprendizaje, podía ver el resultado del transitar por el camino áspero y real de la verdad. Me sentí muy bien con él, quien me hizo el comentario, me sentí muy bien con mi amiga, pero sobretodo me sentí muy bien conmigo mismo.

[paréntesis 1 rebis]

Hoy, lunes, principio de semana, con la certeza de haber pagado ya el karma de la traición y poder seguir la vida nuevamente con los pies plantados en el camino de la verdad, me doy cuenta de que no será tan fácil. Será una semana difícil, después de lo que ví en mi buzón de correos. La traición no sería tal si no viniera de los lugares menos sospechados.

[paréntesis 7]

Para vivir, hay que hacerlo plenamente y para ello hay que hacerlo en ambos sentidos. Como es arriba es abajo, como es abajo es arriba: todo lo que sube tiene que bajar; lo que des te será devuelto... y efectivamente así es. Para poder conocer la esencia de lo que significa ser humano, hay que vivir las experiencias que el hombre es capaz de tener. Para saber que es amar, hay que amar y ser amado a la vez. Para saber que es sufrir, hay que sufrir y hacer sufrir. Para conocer la verdad, hay que actuar con la verdad y ser tratado con la verdad... hay que ser las dos caras de la moneda, pues nosotros somos la moneda... así pues, para conocer la traición hay que traicionar y ser traicionado.

[paréntesis 1 recontrabis]

Ya traicioné. Ya he sido traicionado.

[paréntesis 8]

Según la ley de tres, todo aquello que hagas te será devuelto tres veces.

[parénteisis 1 recontrabis bis]

Ya traicioné una vez. Ya he sido traicionado una vez... faltan dos. Es el primer día de la semana de la traición. Seis días más, dos traiciones más y el karma estará pagado...

[metaparéntesis]

Me pregunto: ¿cómo hacer que un par de moscas me traicionen?... no hay que perder el humor, no hay que perderlo, porque:

[Fuera de paréntesis]

Nada sobrevive el poderoso ataque de la risa... (no recuerdo quién lo dijo, pero es muy cierto).

-¡Capitán, traición a la vista!
-¡Marineros, pongan sus mejores caras y denle su mejor carcajada!

2.2.05

Cabeza de paja -Dito do Santos-

Era como andar incompleto, no como si faltara una mano o una pierna, era como andar sin un sentimiento. Como no poder llegar a entender el odio o el rencor por completo, como saber que no podría llegar a amar a nadie, pues sólo lo estaría haciendo a medias. Así es como Dito caminaba por las decadentes calles de su tierra, entre los lodazales y los fierros oxidados. Entre la humedad del ambiente y la estrangulaba su garganta.

Desde que tenía memoria siempre añoraba algo, alguien. Sentía que algo le había sido robado, pero no completamente. Apenas unas semanas atrás había estado seguro de que lo que le faltaba era la suerte, pero después recapacitó. No sabía que era la suerte, porque nunca la había tenido o no sabía si la habia tenido a medias. Para él, el mundo se convertía en cosas cortadas, cosas que no acababan de formarse. Esperanzas cortadas a medias, promesas cumplidas a medias, comidas hechas a medias, pensamiento que se quedaban a medias. Todo era inacabado en el mundo de Dito do Santos.

Hasta el dolor que sentía debajo de la última costilla de su lado izquierdo era un dolor que no acababa de serlo por completo. Era un dolor que a ratos le molestaba y a ratos le relajaba. Su madre le había dicho que era un mal aire que le dio al nacer, pero, como bien sabía Sito, ésa era una verdad a medias.

El dolor, ese día era extrañamente más agudo, más consistente, como si estuviera acabando de formarse. Decía su madre que su padre se había ido apenas la embarazó a ella, pero en el pueblo decían otras cosas. Decían que en realidad no tenía padre, que el suyo era uno de los Antiguos, uno de los que rondaban las zona antes de que llegaron los portugueses. Lo cierto es que nadie sabía darle señas de su padre, de dónde había venido, a dónde se había ido, cómo era, qué aspecto tenía. Su madre, siempre tan ocupada en las labores para sacar la comida, le daba una descripción un día y al siguiente le dibujaba con las palabras a alguien muy distinto.

Decían, en el pueblo, que nunca había estado embarazada, que una noche la partera escuchó un grito cuando iba pasando por su casa y entró a ver qué le pasaba. Encontró a la madre de Dito con las piernas abiertas y con el la frente llena de un sudor frío. También decía, la partera, que el día anterior la había visto bajar al río por agua y que estaba esbelta como siempre. Ella le ayudo con el agua y le ayudo a tener al niño.

Su prima, el único pariente que le quedaba a Dito, además de su madre, le contó una noche que de pequeño nunca dejaba de llorar, por más comida que le dieran y por más calor que le pusieran. PEro que su llanto no era el de un niño de este mundo, que era un berrido incompleto, pero que el silencio entre cada quejido era como un complemento de ese llanto, pero que además, ese silencio era devastador, pues lo dejaba a uno con el alma de un hilo.

Dito no entendía bien a bien lo que su prima le decía, a fin de cuentas, los del pueblo decían que ella estaba medio loca, que algo le había pasado de niña, un golpe o un espanto y que no había vuelto a ser la misma desde los cinco años. Que veía cosas y escuchaba sonidos que nadie más podía.

El dolor se le hacía más fuerte. Esa mañana habían llegado al pueblo los médicos que mandaba el gobierno y Dito, ya a medias decidido fue a verlos, porque el dolor no se le pasaba como otros días. Cuando llegó al remolque, los sonrientes hombres le pidieron que pasara, le revisaron de arriba a abajo y se detuvieron en donde tenía el dolro que seguía aumentando.

Dito pensó que que algo lo partiría por dentro, empezó a escuchar un grito que le salía de las entrañas. Justo cuando lo revisaban, entró su prima por la puerta del remolque y muy agitada quiso saber por qué estaban haciendo gritar así a su primo, pero Dito estaba callado, con el dolor anidado en la cara.

Uno de los doctores le explicó que tenían que llevarlo a la ciudad más cercana, porque tenía un absceso en el vientre y que si no lo sacaban le explotaría dentro y lo mataría. Dito estaba a medias despierto y a medias se iba al mundo onírico. Allí, mientras soñaba a medias, creyó ver una silueta a medias sonriente y a medias triste, pero no podía asegurarlo completamente, porque lo veía a medias.

El trayecto lo hicieron en seis horas y Dito ya no sabía cual mitad de lo que veía era cierto y cual mentira. Veía una cara deforme que sin embargo sonreía y escuchaba un llanto que se transformaba medias con el ruido de los neumáticos contra el lodo. Después todo se llenó de luces blancas con mucho ojos y muchos ruidos.

El cirujano lo bajó del coche lo puso sobre la camilla, de inmediato lo metieron al quirófano. El llanto se hacía más fuerte y cada vez que el llanto se completaba con su silencio, Dito podía ver la cara sonriente con la otra mitad triste, era un espectáculo que no le gustaba por completo.

El llanto se hacía más débil y Dito dejaba de ver tan claramente el rostro que ya a medias lo espantaba, pero de pronto lo vio por completo y se asustó mucho y soltó un alarido, no uno a medias. Soltó un grito completo que salía desde sus entrañas y le rompía las cuerdas vocales, un grito que le traspazó los tímpanos de adentro hacia afuera y que lo hizo salir de la anestecia.

Cuando Dito miró entorno se encontró en el cuarto de un hospital, apenas ventilado. Algo había cambiado en él. Ahora ya no se sentía a la mitad, se sentía con la falta de algo, pero se sentía completo. Como cuando su madre, de chico le había quitado una garrapata de la espalda. Cuando el animal estaba no le daba molestias, sólo una comezón a medias, pero cuando su madre se lo quitó con una braza sintió mucho dolor y le ardió, pero ya no le molestaba. Así se sentía ahora.

Media horas después, el doctor que lo había llevado hasta allí, entró por la puerta y lo miró inclinando la cabeza. Le preguntó cómo se sentía y él, Dito, sólo atinó a decir: "Siento que me falta alto, pero me siento completo". El médico le explico que el suyo, era un caso extraño, que por alguna extraña razón que no cabía explicar en ese momento, cuando su madre se embarzó, pero que algo había pasado en el viente y uno de los hijos había quedado dentro del otro.

Dito esperó que entrara una enfermera con un niño envuelto en una sábana blanca, pero no fue así. El cirujano le explicó que el gemelo de Dito, no hbía terminado de formarse y se había alojado justo debajo de su costilla izquierda. Dito quiso verlo y el doctor le mostró el frasco, uno grande, en donde estaban nos dientes, algunos cabellos, un ojo y una boca torcida. A Dito le pareció bastante familiar, como el rostro que había visto en sus sueño cuando lo llevaban al hospital.

Dito durmió esa noche completamente, como no había dormido nunca. Cuando despertó el doctor estaba allí vigilándolo. Le dijo cuánto más tenia que estar en ese lugar antes de regresar a casa. Dito le preguntó al doctor si podía llevarse a su hermano, para enterrarlo al lado de su madre. Él, el médico, tuvo que disculparse, pues en la noche, el hospital había sufrido un robo, lo extraño era que lo único que faltaba era el frasco en donde estaba el gemelo a medias formado de Dito.

Pasaron las semanas y Dito regresó a su casa. Su prima le preguntaba a cada rato por su hermano, pero él, Dito, no le contaba nada. Sólo le decía que había ido a la ciudad a que le arreglaran las tripas, porque las tenía enredadas.

30.1.05

Cabeza de Paja

El Elegido estaba sentado en plena meditación, dentro de la caverna. El ruido de las olas llegaba a sus oídos y le servía de conductor, para alcanzar la serenidad de mente y cuerpo. Detrás de él, Hun Yan hacía guardia. Sentado en posición de loto, oculto entre las sombras, su estado el de viglia. Como gato listo para saltar en cuanto se presentara algún problema. En la mano derecha su espada y en la izquierda el frasco que contenía el poderoso hechizo que los har{ia saltar de tiempo y espacio.

El Elegido alcanzó un estado de concentración tal que se aventuró a sondear el pensamiento de los Gemelos. Siguió la guía de luz que se entrelazaba con la red de pensamiento, en el limbo del espacio y el tiempo. Mientras seguía el débil latido de los Gemelos, alcanzó a percibir a sus padres, a sus maestros y la vigilante presencia de su amigo y guardián.

Siguió recorriendo los pensamientos y justo cuando estaba a punto de alcanzar a los Gemelos algo llamó su atención. Fue atraída, su mente, hacia una idea a penas perceptible. Siguío el camino y recorrió el tiempo. Alcanzó a notar el momento en la línea del tiempo en que se encontraba esa mente. Para su sorpresa, se trataba de un joven, si acaso de misma edad.

Los cabellos claros, tan claros como el trigo maduro, era como ver el reflejo del sol sobre las olas. No sintió ningún peligro. Supo que algo lo unía a esa persona, algo que no podía describir, como si sus destinos estuvieran tejidos, ya no sólo con el mismo tramado, sino con el mismo hilo delicado, fuerte y sutil.

Trató de fijar el rostro en su mente a pesar de que su atención se apartaba para mirar aquellos cabellos del color de la paja. Sintió que perdía el control. Fue absorbido por unos instantes dentro del pensamiento de otro ser. Entró en él y supo cómo era su visión del mundo. Dividida, quebrada.

Estaban en una casa descuidada, con otras dos personas. Los alcanzaba a ver divididos, un lado normal y el otro amorfo, sin límites definidos, como sacos de carne sin huesos para sustentarlos. Estaban en el momento del desayuno, estaban por tomar sendas tazas de café. En ese momento, con el líquido cayendo a pique dentro de la taza, el vapor elevándose y haciendo par con los lados amorfos de los presentes, supo que nada, absolutamente nada a partir de eso momento, a partir de que el líquido dejara de caer, a partir de que la última gota hiciera que la superficie ondulara por última vez, a partir de ese justo momento en que tuviera que decidir si ponerle o no azúcar a la bebida. En ese instante último en que el olor dejara de ser algo nuevo para convertirse en un olor más dentro de la cocina y se disipara entre los demás aromas de la mañana. Entonces, y no después de que los labios tocaran el borde caliente de la taza, no después de que la lengua degustara lo amargo del café, no después de que el líquido llegara a la garganta y el sabor fuera simples señales enviadas al cerebro, no después, sino entonces, en el momento justo entre ese antes y después; supo que no podría volver a ser el mismo. Supo que algo había entrado en él y había congelado una parte de sí, supo que la infancia se le había quedado atrás y que entraba al mundo de los que tienen que defender una causa, que tienen que defender en lo que creen y que también, sí, tienen que defender a los que no creen y defender lo que no se puede creer.

23.1.05

Cabeza de paja

En el cosmos hay muchas guerras, no sólo las de los hombres. Luchas que son más antiguas que la creación. El bien contra el mal, el orden contra el caos, el equilibrio contra ambos, las tinieblas contra la luz, los Siameses contra los Vigilantes. Y entre todas ellas, el Elegido la encontró a ella, no como una aliada, sino como una maestra. Y sus pasos se unieron un tiempo y combatieron juntos y conoció, él, la contrariedad de las decisiones difíciles en un Bosque dorado teñido de sangre por la luz lunar.
¿El equilibrio desgasta el eje de la balanza?

13.1.05

Where do clowns go?

Where do clowns sleep?

What do clowns eat?

What do clowns do
when no one
but no one at all
laughs any more

Mummy?

Clowns, by Miroslav Holub

¿A dónde van los payasos?

¿Dónde duermen los payasos?

¿Qué comen los payasos?

¿Qué hacen los payasos
cuando nadie
ni siquiera uno
rie más

mami?

Payasos de Miroslav Holub
versión al español de Omar Rojas

9.11.04

Cabeza de Paja -La segunda y última gran misión del guerrero Hun Yan- parte I

Estaba parado frente a la entrada. No era visible, pero sabía que estaba a sólo unos pies de ella. Desde tiempos inmemoriales, el laberinto subterráneo que conectaba con el umbral entre esos mundos, fue mantenido en secreto y sólo algunos miembros de la Orden conocían el paradero. Sin embargo, los hijos de los Gemelos frecuentaban la zona. Con el correr de los años, el umbral había quedado integrado a la mancha urbana de la nueva ciudad de piedras y cristales. Entre la conexión de dos sistemas de transportes. La idea en un principio era dar uso a aquel túnel descubierto por los trabajadores del subterráneo. La idea era, llenarlo de gente que fuera de un lado hacia el otro, que caminara y llenarlo de alegría. La idea era, crear un espacio lúdico de fantasías y felicidades. Pero sólo se quedó en esa idea. Tiempo atrás, el último representante de la iglesia católica que formaba parte de la Orden, había muerto y con él, los secretos que conocía, pues no había encontrado discípulo digno entre su clero. De haberlo intentado, los miembros de la Orden que se opusieran o develaran los secretos, hubiesen sido perseguidos y exterminados por las altas esferas del poder de la otra religión.
Allí a medio tiro entre los dos caminos estaba el umbral, la puerta hacia el mundo de los Gemelos. Después de regresar con el Elegido a salvo, Hun Yan fue quien tomó la decisión de entregar el paquete, era él, lo sabía, y nadie más, quien debía hacerlo. La conexión síquica que había entre él y el Elegido, era apenas superada por la que tenía con sus padres el muchacho al que guió a través de las edades. Sólo así podría transmitirle la información necesaria del momento en que estaban los Gemelos, para poder considerar sus fuerzas.
La decisión fue tomada por el Consejo de Ancianos, los padres del Elegido debían esperar para poder hacer uso de todas sus facultades en la última gran batalla. Así, después de todos los voluntarios, Hun Yan, fue el único que superó todas las pruebas. El corazón de Banyana y Cadmo, volvió a llenarse de melancolía. Una vez más por los caminos que transitaban en su búsqueda de erradicar a los Gemelos, les sería arrebatado un ser querido, su otro hijo, al que habían enseñado primero. El Elegido, ya conocía a los Gemelos, los había visto en varias ocasiones a través de su aprendizaje, había visto sus signos y conocía a sus hijos.
Hun Yan, el guerrero, sabía que el destino al cual fue atado desde su nacimiento, tenía que cumplirse. Así con la frente en alto, abrazó a Cadmo y Banyana, y al Elegido. Volteó su cuerpo y avanzó hasta perderse de vista.
Ahora, allí, frente a la puerta de los Mil Ojos Sangrantes, Hun Yan, vaciló apenas un momento. Frente a los miles de ojos que lo miraban, lo escrutaban y resumaban sangre putrefacta. Han Yun extendió la mano y esta se le llenó de sangre purulenta, empujó los batientes de carne fresca y apartó los ojos a un lado.

26.10.04

Cabeza de Paja -El Elegido-
Ya estaban todos reunidos. Los Vigilantes habían convocado la junta general de sus filas. Los días de la oscuridad, que durante tantas eras habían sido anunciados, estaban por comenzar. Los reunidos en la Cueva de las Asambleas, venían de todas las regiones, de todos los tiempos, de todas las realidades. Ellos habían pensado que ya había pasado el peligro, pero cuando nació el Elegido, supieron que los días estarían cerca. Antes del primer año de vida del Elegido, comenzaron los avisos. La Tierra se lleno de manifestaciones, de malos augurios. En todas las regiones pasaba lo mismo: las criaturas de los Siameses, horadaban los caminos, andaban con libertad por el mundo. Además de los descendientes indirectos, que nada sabían de su linaje, también las criaturas primigenias, las que habían sido creadas en el principio de los tiempos, las bestias, los grandes seres. Banyana, la sacerdotisa guerrera y Cadmo, el hechicero de la doble espada; eran los padres del Elegido. Nunca habían supuesto tal situación.
Las lágrimas rodaban por sus rostros, mientra el rito comenzaba. El Maestro de Tiempo, hizo todos los preparativos, los músicos sagrados tocando su instrumentos mágicos, entonaban los cánticos de apertura. Los monjes y heremitas concentraban su poder. Todo estaba pronto para la apertura. Ellos, los padres, Banyana y Cadmo, no podían ir junto con él. Sería peligroso verlos juntos, los agentes de los Siameses sabían que serían los padres, pero aún desconocían al pequeño de apenas unos meses. En los alrededores, miembros de la Orden vigilaban al lado de los efectivos de la Agencia.
Las vibraciones dentro de la caverna se congregaban y mezclaban, se confundían y se enredaban. En el centro de la cueva, una esfera comenzó a materializarse, un viento azotó a los presentes y una gran luz se hizo presente. El portal estaba abierto. Hun Yan, el guerrero sin rostro, entrenado por los propios padres del Elegido, sería quien se encargaría de guiarlo a través de los tiempos y las realidades. Junto con el, el pequeño entraría en enseñanza al lado de los más grandes maestros de la Orden.
Los padres entregaron a su vástago a Hun Yan, y el lo tomó entre sus brazos, tomó un frasco y recogió en él una lágrima de cada uno de los padres. Dió un paso atrás y volvió su espalda a los ojos de Banyana y Cadmo. Entró en el vórtice y desapareció. Ellos, los padres, la roca y la raíz de la esperanza se postraron a meditar.
Así pasó el tiempo, infinito y maleable, para dar paso a las largas horas que duraría el ritual. A través de las finas hebras de los años y las edades, el Elegido viajaría para conocer todo lo que la Orden y Hermandad tenía para enseñarle y hacer frente a los treinta días de oscuridad.
Cada vez que, en un remoto lugar del tiempo, el Elegido se reencontraba con sus padres, en el rostro de Banyana, una lágrima corría hasta su boca para convertirse en un cristal esmeralda, mientras que de los ojos de Cadmo, la lágrima rodaba hasta tocar el polvo del suelo y convertirse en un rubí. Los pequeños, los iluminati, recogían aquellas joyas con sus cepillos de raiz de canela y los entregaban a las meigas y stregas que confeccionaban con ellos, engarzándolos en sus propios cabellos, un collar que entregarían al la vuelta del Elegido.
El Gran Dragón se acercó a los padres y les dijo: "Jamás, nunca, he tenido aprendiz más sensato y más poderoso. Terminó su aprendizaje conmigo de manera ejemplar", y soltó una gran carcajada que cimbró las profundidades de la montaña. Así, cada uno de los grandes maestros de la Orden se iba acercando a los padres y diciéndoles cómo se había desarrollado su hijo a lo largo de la enseñanza que estaba recibiendo. Ellos, Banyana y Cadmo, veían ahora a su hijo como un adolescente orgulloso y poderoso, pero con la mente ágil y el alma serena. Era como mirar un enorme lago, cuyas profundidades son desconocidas y sentir el poder que emana de las estrellas y las tierra.
El tiempo pasaba y los inciensos de la sala enrarecían el ambiente. Los presentes que llevaban los gentiles a los pies de los padres, como ofrenda para estos y para su hijo, se juntaban a sus pies: armaduras, espadas, joyas, inciensos.
De pronto, todas las luces se apagaron. Un silencio pobló la caverna, nada se movía. Todos permanecían alertas. No había señales de intrusos, los sentinelas no habían emitido ninguna señal de alerta. Sin embargo Banyana y Cadmo, sentían la presencia poderosa de un intruso. El Maestro de Tiempo alzó su voz y dijo: "El portal ha sido cerrado". Ambos, los padres, detuvieron un grito de dolor en sus gargantas. Cadmo alzó la mano y a una orden la luz se hizo en el centro de la sala. Banyana ya tenía su espada en la mano. Los maestros entonaron un canto de protección y se desvanecieron. En el centro sólo estaban los padres del Elegido.
El aire fue cortado y Cadmo apenas pudo detener el filo de la espada que lo atacaba, un rápido movimiento de su túnica confundió el blanco. Banyana ya lanzaba sus conjuros de inmovilización, pero pegaban en la roca. Ambos, Cadmo y Banayana, espalda con espalda, giraban buscando al enemigo. Un golpe de energía los separo a sendos extremos de la caverna. La luz se apagó. Banyana proyectó su energía para hacer un escaneo de mental de la caverna, sólo estaba Cadmo. Pero detrás de él, una energía se agitó de pronto, tuvo apenas tiempo de derribar a su amado con una vorágina de energía que lo golpeó en el vientre y lo tiró hacia atrás.
Cadmo, en la confusión, alcanzó a rozar el cuerpo de su atacante cuando caía de espaldas. Materializó una cadena que recorrió toda la caverna buscando a su adversario, nada. Escuchó el frágil respiro de otra persona. Juntó su poder y lanzó las cadenas hacia ese lugar. Nada. Las cadenas se incrustaron en la roca y ya no podían moverse. Banyana y Cadmo, en un mismo pensamiento, lanzaron sus espadas al aire, mientras entonaban los cánticos de la destrucción, y los cánticos de la roca. Las espadas alzaron el vuelo y giraron al rededor de la caverna a velocidades inpensables, atravesando el las esferas. Ambas se dirigieron hacia el mismo lugar. No permitirían que había boicoteado los planes de la Orden y que los había hecho perder a su hijo saliera vivo de la cueva. Las espadas se enfrentaron al filo oculto del agresor. No daba paso atrás era hábil como el que más, ágil guerrero y versado en magia. Mientras las espadas se enredaban en un combate poderoso, Cadmo y Banaya lanzaron sus conjuros al cuerpo, ahora visible del intruso. Éste sin más los rebotaba o los destruía. Una llama violeta alcanzó a Banyana y una patada en el abdomen la hizo desvanecerse. Cadmo lleno de ira, se avalanzó contra el atacante, junto todo su poder en un golpe poderoso y lo dirigió al rostro del asesino, seguro de que era uno de los agente de los Siameses. Éste detuvo el golpe con una sola mano y con el mango de la espada golpeo en el rostro a Cadmo, que cayó al suelo desmayado. Antes de que ambos, los esposos, perdieran la conciencia, escucharon la voz de Hun Yan: "Su entrenamiento ha sido completado. Ha vencido a los más poderosos de la Orden. Salve al Elegido..."
Cuando abrieron los ojos, frente a ellos había un rostro preocupado, casi angustiado. "Estarán bien. Hace muchas décadas que no perdían una batalla. Esa será su herida más grave, la del orgullo". Era el Maestro de Tiempo. Banyan y Cadmo soltaron a llorar y juntos se acercaron a su hijo y lo abrazaron.
Con más de veinte años encima, el Elegido había regresado para enfrentar a los más poderosos elementos que tenía la Orden, sus padres. Ese era el final de su entrenamiento. Estaba listo para los treinta días de oscuridad de los Siameses.
Hun Yan, se postró y entregó sus respetos a los padres, quienes de buen grado lo aceptaron. El resto de la cermonia fue de regocijo y los padres se unieron a su hijo en la celebración de su regreso.

21.10.04

Cabeza de paja -atrás en el tiempo-

Durante mucho tiempo, cuando los hombres que vinieron del norte llegaron, ellos, los Deformados, tuvieron una existencia apacible. Cada temporada les eran entregados varios obsequios. Les eran devueltos sus hijos. Aquellos que tan cuidadosamente habían engendrado, planeado, creado en la oscuridad de los tiempo, en el espacio primigenio.

En la temporada de lluvias, los hombres que llegaron del norte, iban en sus balsas hasta el punto señalado por el círculo de carrizos. Allí depositaban las ofrendas. Daban la espalda y no volvían la vista. A pesar de los llantos, de las llamadas, de las súplicas. Durante semanas no hablaban del asunto. Los despojados, caminaban entre la multitud soltando a gritos su desesperanza. Nadie los miraba, eran fantasmas de carne viva.

Cuando por alguna razón, los hombres no entregaban los tributos, los Deformados, salían del lago y caminaban por las noches entre las callejuelas de la capital chichimeca. Alzaban su voz de alarido y clamaban sus ofrendas. Anunciaban la ruina y la caída del reciente imperio. Al día siguiente, entre los habitantes, se buscaba a aquellos que mostraban la marca de los Deformados. Los de cabezas dispares, los de varios miembros, los de color anormal, los unidos, los de ojos juntos, los que no habían crecido; los que siempre hacían de tributo. Todos eran reunidos en la plaza frente al templo del dios mayor. Atados, eran subidos a las balsas y en procesión llevados hasta el círculo de carrizos. Allí eran depositados entre las aguas estancadas. Nunca había restos, nunca quedaba nada. Cuando eran arrojados, las aguas se arremolinaban y los engullian.

Así, los hombres que llegaron del norte, vivieron en paz por algún tiempo. tenían el acuerdo con los Deformados y sólo debían pagar el tributo. Se dice que el día en que no lo cumplieron, los Deformados entraron en las casas y se llevaron al hijo no nacido de cada familia, para aplacar su hambre.

Cuando los hombre de barba llegaron del este, la sangre sirvió para apaciguar el hambre de los Deformados y durante algún tiempo no salieron de su sitio. Más tarde, con el olvido de los tributos, salieron nuevamente a las calles a reclamar a sus hijos. Por las calles se veía una figura enlutada soltando alaridos pidiendo que le entregaran lo que era suyo. Dicen que cuando se acercaban a ella, vaían unos ojos negros, fríos y un cuerpo deforme lleno de escamas.

Su santuario fue enterrado y nadie volvió a entregarles tributo. Ellos, los Deformados, juraron la desgracia para la naciente cultura que se asentó en su territorio. Dejaron escrita la maldición en algún edificio de la nueva ciudad, diciendo que durante treinta días, la oscuridad vendrían sobre la tierra, que sus huestes arrasarían con los hombres, las bestias y las cosechas. Los oficiantes de la nueva religión rezaron durante semanas y creyeron que con eso la maldición había sido conjurada. Pero no fue así, los Deformados, únicamente durmieron por algún tiempo, olvidaron la afrenta para ir a otros lares. Pero algún día habrán de regresar y cumplir con su promesa.


20.10.04

Cabeza de paja -el principio-

En sus ojos se reflejaban las luces del cerco. Miraba aterrorizado el rostro, marcado por la angustia y la desesperanza, del hombre que lo había descubierto. Ya lo conocía de las horas de comer, pero nunca había estado con él. Era costumbre, para él al menos, que los niños estuviesen con sus madres. Así era por lo menos hasta que tenían diez años. Karl, se llamaba el hombre que le miraba desde la desolación de quien ha perdido todo recuerdo de los días de ayer. Él apenas recordaba nada de como eran antes las cosas, lo habían llevado junto con su madre a aquel sitio, era lo único que había conocido y a lo que podía colgarle la etiqueta de hogar, simplemente entendido como un sitio en donde se vive. Karl, esa noche tenía algo más en la mirada, una luz, una aterrorizada luz que venía de los abismos de su recuerdo. Él, el niño, no sabía que era lo que estaba pasando, desde hacía meses sus sueños le traían las visiones, era algo ya de costumbre, de todos los días. Sin nada con que compararlo, pensaba que así era la vida, que así tendrían que ser las cosas. En el suelo, sobre la nieve mugrosa, que pronto terminaría de transoformarse en fango, noche tras noche se sentaba a trazar los símbolos que se le aparecían en su pequeño mundo onírico. Después de acostarse todos, él cerraba los ojos y dormía. Más tarde, pero antes de la salida del sol, antes de que nadie más despertara, él abría los ojos y notaba nuevamente el sudor frío que le recorría el cuerpo y una inquietud, una necesidad de aclarar las visiones que se le habían presentado apenas unas horas antes. Salía del dormitorio comunal y se dirigía a escondidas, escapando de las luces del límite, hacia la parte trasera del enrejado. Allí nunca vigilaban, nunca llegaban las luces. Ése lado de la cerca daba a un acantilado, que sólo los más desesperados tomaban como ruta de huida, pero no del lugar, sino de la vida misma. Mientras trazaba los símbolos que se le revelaban durante el sueño, él tenía la certeza de que algo se le descubría ante los ojos, pero no sabía qué era. Esa noche, ellos, los del sueño, le habían dicho que pronto sucedería, que muy pronto el trabajo estaría hecho. Karl, miraba las escrituras del suelo, para luego voltear a ver los ojos nítidamente azules del pequeño. En la mente del hombre, no podían conjugarse con facilidad ambas imágenes. Los textos eran únicamente conocidos para los iniciados, para los que tenían el poder, nadie al menos desde Hammerlïn había jamás llegado a ese conocimiento sin ayuda. No podía yuxtaponer los ojos inocentes y las maldiciones que tenía ante sus pies. De pronto su rostro se transformó en el terror mismo, su cerebro acababa de juntar todas la piezas. Generación tras generación lo habían estado buscando, esperando, ansiando. Él, Karl, el último de quien se tenía noticia, estaba frente a la puerta, ante el ansiado tesoro, ante el final de todas las esperas. Una luz empezó alrededor de la cabeza de Karl, él niño creyó ver el aura de un ángel que por fin habría venido aclararle las visiones. Justo entonces Karl interpeló al pequeño: "¿Quién te ha mostrado estos símbolos?". El jovencito lo miró a los ojos y dijo: "Los Gemelos, han venido a mí en sueño y me lo han mostrado, pero no sé qué significa". Justo en eso momento se escucharon voces, eran las voces de los extraños que los habían llevado a ese lugar. Pasos que se acercaban, luces que se movían veloces en todas direcciones, gritos histéricos de los que aún dormían. Se escuchó un disparo. Karl se quedó en silencio. El niño vio la cara del hombre, pero estaba dividida en dos expresiones, el lado izquierdo resumaba alegría, un estado de gracia. El otro, el derecho, estaba contraído en una mueca que podía ser confundida con el dolor, pero conforme pasaban los mínimos segundos, el niño noto que era maldad. Entonces, antes de que el cuerpo inerte de Karl cayera sobre él, logró ver como el cuerpo del hombre se transofrmaba levemente en el cuerpo de los Gemelos, unidos por el medio, como los había visto siempre en sus sueños, se apoderaron por un momento de la figura de Karl y sonrieron al niño. Había comenzado.

Los hombres de uniforme llegaron hasta donde se encontraba Karl y descubrieron el cuerpo del infante temblando de frío bajo el peso del hombre. Uno, el de más alto rango, miró en torno y descubrió los símbolos a medias, que Karl había alcanzado a desfigurar con su caída. Su rostro no expresó emoción alguna y solo solto un resoplido, tomó al niño del brazo y lo llevó hasta el salón que usaban para las juntas. Allí, el niño permaneció lo que restaba de la noche, acurrucado contra una de las paredes. Él sabía que los que eran llevados a ese lugar no regresaban nunca con los demás. Algo, por alguna extraña razón que no comprendía, había cambiado aquella noche. Afuera se escuchaban pasos, los aparatos telefónicos sonaban y eran azotados una y otra vez. La calma llegó con la salida del sol. El pequeño cuarto con su mesa al centro y varias sillas desperdigadas, se iluminó un poco y el muchacho sintió que un poco del miedo se le retiraba del cuerpo, mientras la luz iba acariciándole el cuerpo. A pesar de tener perfectamente grabada en la memoria la cara muerta de Karl, lo que venía a su mente era la cara de aquellos seres que le habían mostrado los símbolos. Gracias al hombre había descubierto que sí tenían un significado, pero aún seguía sin saber cuál era. Esa duda le llenaba los pulmones como si de aire se tratara. No podia respirar confortablemente. La puerta se abrió y recortada contra luz del exterior, la figura del oficial espero unos segundos en el vano de la puerta. Dio un paso adentro y cerró tras de sí la cegadora fuente de luz. El niño trató de aferrarse a algo. Antes le habían contado ya lo que les pasaba a los que estaba en aquel cuarto, él mismo había escuchado los gritos desesperados, desgarrados y desesperanzados. Tenía miedo de que aquel nuevo hombre, se convirtiera de pronto en un gran murciélago con alas membranosas y tratara de quitarle el aire, ese aire que ahora a pesar de dificultarle la respiración, lo mantenía con las ansías de vivir, porque sabía que mientras mantuviera ese pesadez en los pulmones, estaría empujado a descubrir el significado de todo aquello.

El hombre le sonrió y le tendió la mano. El pequeño sujetó aquella callosa palma y se puso de pie. Él lo llevo a la mesa y jaló una silla para que se sentará. Sacó unos papeles de una carpeta que tenía en las manos y los extendió en la mesa. En ellos, el pequeño pudo ver la totalidad de los símbolos que noche a noche había estado soñando. Pero aún había varios que no era capaz de reconocer. El hombre le preguntó si reconocía alguno de esos dibujos, el niño asintió con la cabeza. Lo cierto era que ahora que los miraba todos juntos, sentía que la opresión del pecho cedía un poco y algo en su mente se ponía a trabajar a marchas forzadas. Ideas le vinieron a la cabeza, nombres, números, frases y voces; pero todo aquello era algo que no podía recordar haber aprendido, era como si alguien estuviera hablando a través de él, sin embargo sabía que todo era cierto, que todo eso lo sabía, es más que mucho de ello estaba oculto en los trazos que tenía frente a sí y en los que había trazado en la nieve purulenta. El hombre, ahora le explicaba lo que habían intentado descifrar de los símbolos que tenía ante sí, le hablo de una raza escogida para gobernar toda la tierra, de un plan para poder conquistar las tierras, para no amedrentarse ante los enemigos, le habló de cosas secretas, de linajes antiguos. Pero tal conocimiento, de por sí incompleto, era apenas una parte mínima de los que el pequeño ya sabía sobre los símbolos y sin embargo, después de tan vasta demostración de conocimientos, el hombre, se encogió de hombros y señalando los dos símbolos irreconocibles para el niño, dijo que nada de lo anterior podría llevarse a cabo si no conocían el significado de esos dos últimos trazos. El niño posó su mano sobre los símbolos y su mente entró en una vorágine de pensamientos, cientos de imágenes pasaban por su cerebro. Sus ojos se pusieron en blanco y los símbolos se sucedieron uno detrás del otro en órdenes diferentes y cada una le revelaba una verdad contundente. Vió un espacio negro plagado de pequeños puntos luminosos y a lo lejos escuchaba una voz que llamaba. Trató de volver a la realidad y delante suyo pudo ver al oficial, pero como una imagen superpuesta, volvio a ver, por tercera vez en aquellas horas mínimas, la figura de los Gemeros. Su asquerosa bipolaridad que los diferenciaba al uno del otro. Vió al uno con su cuerpo informe y su color grisáceo y su cara triste; y vió al otro con su cuerpo igualmente deforme, un color rosado y una cara melancólica a pesar de la sonrisa, que más bien se le antojaba macabra.

El ruido de los pasos y las pistolas empezó a llenar sus oídos y de pronto se dió cuenta de que le hombre frente a él, también estaba muerto. Otro hombres entraron por la puerta, lo cargaron y salieron de allí. Hablaban una lengua que no reconocía, pero que sí podía entender. Vió a su madre a un lado de los dormitorios, se desembarazó del hombre que lo sujetaba y salió corriendo hacia ella. Los nuevos hombres gritaban: "Las fuerzas aliadas los han liberado. Han sido liberados". El correr de los militares duró toda la mañana. Tan pronto como llegaron así se fueron, para nunca regresar. La mañana se transformó en tarde y todos los habitantes de aquel campo trataban de entender qué es lo que había pasado. Algunos continuaron con sus habituales rutinas, otros se quedaron sentados mirando en lotananza. Así los aconteceres, dieron paso a un gris ocaso que sen confundía con niebla que aumentaba. El pequeño sintió como si el tiempo se detuviera en aquel momento y nada más siguiera su curso. "Liberados". No entendía a que ser referían esas palabras. Liberados de qué y para qué. Y se preguntaba si acaso nadie podía darse cuenta de que su suerte, la de todos ellos y otros muchos como ellos que había mirado en sus trances, ya estaba echada, que innevitablemente vendrían, en algún momentos, los más terribles tiempos de la raza humana. Vendrían treinta días de oscuridad, la noche de los Gemelos.

JM


7.9.04

Cabeza de paja VI ?Soledad II?

Solo la vacuidad es capaz de sacar la soledad de nosotros. Es como una gran aspiradora. Un hoyo negro que se traga todo. Por eso la soledad hace ese escudo opaco, para que nada entre una vez que nos ha vaciado. Una finísima abertura es suficiente para comenzar la curación.
Es necesario el vacío para que algo exista dentro de él. Somos como artesanos barrocos, una vez que salvamos el obstáculo del vacío, comenzamos a llenarlo todo. El vacío tiene que ser llenado, el alma resanada. Queremos volver a tener alguna identidad, encontrarnos con lo que fuimos. No siempre se logra, a pesar de todos los intentos hemos sido saqueados. No podemos recuperarlo todo, apenas algunos recuerdos. Debemos asirnos de nuevas cosas, sacar a flote al ahogado. Resucitarlo. Los asideros se multiplican, pero tampoco llevan a alguna parte.
La soledad se aferra. Usa todas sus armas. No nos dejará ir libremente. Aislará lo que entre en nosotros. Lo hará irracional. Un objeto aislado en la inmensidad de la nada.
La soledad no deja nada.
Deja sólo la destrucción de una habitación húmeda, abandonada.
La soledad deja sus vicios grabados en los huesos. La soledad deja su rastro y es muy difícil quitarlo, como una mancha de sangre o vino tinto. Deja su modus operandi, aislar, aislarlo todo. Y mientras entran las nuevas cosas, la luz, el aire, lo vamos aislando. No recordamos como hacer que dos cosas juntas se vuelvan coherentes. La cabeza se rompe y no podemos unir nada. Sólo existe una cosa por separado sin interactuar con nada más.
Cuando abandona la soledad, no se va del todo. Se queda en la forma de actuar. Se introduce hasta los instintos. Hay recuerdos rescatados que no tienen coherencia con ninguna otra cosa. Se han quedado varados. Son momentos irreconocibles que entraron con la succión del vacío. Ahí están a la espera, buscando de donde pegarse, buscando una historia a donde acomodarse, de donde agarrarse para no quedar en el limbo.
Los recursos de la soledad son vastos. Después de alejarse, deja reminiscencia de su paso. Las personas que alguna vez estuvieron unidas acaban separas. Lejanas a todo contacto. Sus mundos se perdieron y no se reconocen. Ya no son las mismas, no son ellas, son otras. Las memorias se confunden. Se escogen los recuerdos equivocados. Nadie es lo que fue, ni será lo que era.
La soledad es dolorosa, pero no cuando la traes dentro. Duele cuando escapa. Es volver a nacer y sentir el aire en los pulmones, cómo viola la garganta. Las mucosas se secan dolorosamente. Así es la soledad cuando parte. Duele.
Entonces la extrañas. Su humedad, su indiferencia.
La mejor arma de la soledad, su mejor truco es la separación. No la separación de los amantes, no la separación del mundo. La separación de los seres queridos. Después de vaciarnos, cuando nos reconstruimos, lo hacemos de manera diferente. Es como un rompecabezas inmenso y nosotros, niños de apenas unos meses. Cada quien tiene que armarse. Sin ayuda, sin guía. El resultado son cosas distintas, separadas. Ése es el rastro de la soledad.
Después que la soledad nos deja, no podemos reconocer nada. Todo ha sido inventado. Nos reconstruimos de maneras diferentes. Lo que se conoció ya no existe. La soledad ha partido, pero nos deja solos.

24.8.04

Cabeza de paja IV ?Soledad I?

Es difícil sobrellevar la soledad cuando no se ha llamado. Cuando entra por una ventana y se escurre entre la cómoda. Ahí espera a que descanse la mente y se introduce hasta la médula, hasta el alma. Al despertar te encuentras solo. Se escuchan voces y se ven las siluetas de lo que siempre ha estado allí, pero ahora se ven a través de un filtro, lejanas, apagadas. Entonces te das cuenta de que siempre has estado en ese estado, que no tiene caso buscar más allá de ti. Que todo está encerrado en sí mismo y se niega la posibilidad de comunicarse con el exterior. No tiene caso tratar de asirse, no vale la pena detener la caída.
Luego llega la sensación, la certeza de la soledad en uno mismo. El sentimiento se ahonda en el pecho. Las venas se quedan huevas, las extremidades se vacían. Queda, al fina, nada más que el reducto de la mente, de los pensamientos y nos damos cuenta de que estamos solos, solo dentro de nosotros mismos. Estamos de visita en una casa vieja, maltrecha, que alguna vez fue un cuerpo. Estamos en el rincón más oscuro rumiando recuerdos de una época irreconocible. Nos adentramos más y el exterior va quedando alejado, como un simple reflejo difuso, una luz tenue, muy tenue, a través de un cristal magníficamente opaco.
La soledad a pesar de sus inconvenientes presenta una ventaja, o la disfraza como tal. El estar vacío es confortable, no ha problemas, no hay recuerdos, no hay dolor. No hay memoria, no hay odios, ni ira. En verdad no hay nada. Ni siquiera ilusiones o visiones a futuro. No hay necesidades. La soledad se disfraza, se vista de abstinencia, de ascetismo. Logra confundir haciéndose pasar por experiencia religiosa. Te obliga a separarte del mundo, de las creencias, de la alegría, pero no te lleva a ningún lugar. No te lleva a paraísos o elevados estados de conciencia.
La soledad va secando los deseos. Va deshaciendo la voluntad, hasta que solamente queda el vacío de la mente. Hecha raíces profundas y no es fácil deshacerse de ella. Es una mal hierba que si no se saca de raíz, no vale la pena seguir cortándola. De vez en cuando sale algo de nosotros. Un náufrago se asoma por las profundidades y con la nariz al descubierto trata de respirar aire fresco. En esos instantes mínimos, una vez que a soledad se asienta, crece un ansia por recuperar lo perdido. Una necesidad de volver a tener identidad. Es un aviso de supervivencia.
Es traicionera, sobretodo cuando intentamos sacudirla, quitarla. Se aferra a las venas y a los sentimientos. Pensamos que la culpa no ha sido completamente nuestra. Nos proyectamos al exterior a la caza de culpables. Ahí hay cientos, miles de causantes. Personas, situaciones, motivos. Todos están en nuestra contra. No fue nuestra culpa aislarnos, lo hicimos para protegernos de un mundo que nos busca incansablemente para hacernos daño, para eliminarnos. Nos caza para que formemos parte de un rebaño que hace las cosas sin hacer preguntas. Entonces nacen los odios, con ése o aquél. Contra todos. Son los causantes de que hayamos perdido tanto. La soledad tiene sus medios de autodefensa, de auto conservación. Al darnos cuenta de los peligros del exterior volvemos al ostracismo, a nuestros simples pensamientos.
Con el tiempo la soledad se vuelve aburrida y dan ganas de sacarla de nosotros. Entonces comienza a inventar historias, un pasado melancólico. Nuevos traumas de la infancia. Así nos vuelve a atar a la oscuridad. Empañamos más el vidrio que nos encierra. No queremos ver fuera de él. El mundo ya nos ha hecho demasiado daño. Decidimos desligarnos de los sentimientos y volvernos al estado larvario de la nada. Nada tengo, nada siento, nada soy.
Aceptar que la vida es dolor, para evitar el dolor olvidar la materia, dejarlo todo y separarse del sufrimientos. Eso hace la soledad, pero con el tiempo ya no puede ocultar sus verdaderas pasiones, las soledad te aparta tanto sin estar consciente de ellos que acabas dándote cuenta muy tarde. Todo se invade de golpe de un sentimiento de vacío. Un vacío dolorosamente palpable. Nos damos cuenta de que hemos sido allanados. Nos dejaron vacíos, sin nada, apartados del mundo, a millones de años de distancia. No somos nada y ya no podremos serlo. Hemos perdido la oportunidad de hacer una vida, o de hacer lo que planeamos alguna vez ser. La soledad se ha alimentado de todas las ilusiones, de todos los motivos y las razones. No deja nada de qué asirse, con que lograr salir a flote, entonces volvemos a caer en su trampa. Ya no nos queda nada en el exterior, no nos queda nada dentro, solo está la soledad.
Y volvemos a caer en nosotros mismos, emprendemos un trabajo de arqueología para tratar de recuperarnos. Tenemos que decidir que nos pertenece, que fue inventado, que es lo que queremos de regreso. Decidirnos completamente. Volver a nacer escogiendo que queremos ser. LA soledad mientras tanto se esconde, se inventa la ceguera. Deja de actuar un tiempo. Está a la espera, acechando. Pero los muertos no regresan, los momentos muertos, los recuerdos muertos, las historias muertas, las vivencias muertas no regresan.
Tiene mecanismos para quedarse. Tiene una fortaleza inquebrantable. Con el paso de los años no queda nada y solo nos dedicamos a hacer las cosas que tenían que ser hechas. Ir cayendo al remolino de la rutina. Vaciar el alma, la mente. La rutina que con el tiempo explota en la cara y es un aviso para escapar. Pero con la soledad en la médula, la rutina queda lejos, irremediablemente distante y su explosión no provoca mas que un leve, levísimo resplandor en el cristal. Inmediatamente después, intuyendo el caos del desastre, agradecemos que la soledad nos proteja. Al final no queda nada sólo la soledad más pura.

5.7.04

Cabeza de paja III

Hubo un momento crucial para él. Un momento contundentemente doloroso en el que se marcó el antes y el después. Regresaba, luego de mucho, a la casa de su infancia. En ella encontró a su padre. Ahora, a la distancia del tiempo, podía verlo de manera diferente. El lado difinido estaba cansado, con las arrugas en el rostro y la mirada cansina. El otro lado, el que lograba ver con su mirada desigual, era aquella masa amorfa tan acostumbrada, sin embargo emanaba una tranquilidad que le permitió resisitir más tiempo la imagen.
Antes de llegar hasta aquel pueblo, había estado en el velorio de su amigo. No hubiera querido mirar el cuerpo, no. Prefería respetar el reposo del alguna vez guerrero, recordando su lado definido. Pero justo antes de que la tierra lo engullera, la caja se abrió y desde allí, desde lejos, lo miró. Fue una impresión terrible, ver la cara apacible y a su lado, justo partiendo la mitad de aquel rostro inerte, el amorfo, pero no como lo viera otras veces. Eran imágenes sobrepuestas, primero era un contorno gris que pasaba al ambar y después al ocre, cambiaba de pronto a la cara más triste y luego se convertía en centenares de bocas con diminutos colmillos afilados que se comían entre sí, lanzando dentelladas fulgurantes. Al final sólo quedaba el rostro desfigurado de su amigo y del otro lado el rostro apacible.
En casa de su padre estaba de visita su tía "La Negra", una mujer diminuta que con los años iba encorvándose más todavía. Su lado desigual era, extrañamente, uno sonriente.
Esa mañana, justo antes del viaje de regreso a su cotidianidad, estaba desayunando con su padre. Su tía "La Negra" estaba a punto servirles café en sendas tazas de vidrio refractario. Colocó la cuchara en el interior de los recipientes para evitar que se quebraran con el cambio abrupto de temperaturas y dejó caer el líquido oscuro. El olor se extendió por toda la cocina. Él no acostumbrara tomar café por las mañana, había visto que era uan costumbre de su padre, de los grandes. En ese momento, con el líquido cayendo a pique dentro de la taza, el vapor elevándose y haciendo par con los lados amorfos de los presentes, supo que nada, absolutamente nada a partir de eso momento, a partir de que el líquido dejara de caer, a partir de que la última gota hiciera que la superficie ondulara por última vez, a partir de ese justo momento en que tuviera que decidir si ponerle o no azúcar a la bebida. En ese instante último en que el olor dejara de ser algo nuevo para convertirse en un olor más dentro de la cocina y se disipara entre los demás aromas de la mañana. Entonces, y no después de que los labios tocaran el borde caliente de la taza, no después de que la lengua degustara lo amargo del café, no después de que el líquido llegara a la garganta y el sabor fuera simples señales enviadas al cerebro, no después, sino entonces, en el momento justo entre ese antes y después; supo que no podría volver a ser el mismo. Supo que algo había entrado en él y había congelado una parte de sí, supo que la infancia se le había quedado atrás y que entraba al mundo de los que toman cafés por las mañanas a pesar... sí... a pesar de que los seguía viendo como algo partido e incompleto.

8.5.04

Cabeza de paja II

Y así dormitaba, día a día, bajo la húmeda respiración que emanaba de los ollares del esquelético caballo de la muerte que asomaba su cabeza por la ventana mientras su jinete, guadaña en mano, esperaba que le llegara el sueño a los inquilinos del siguiente piso.

13.4.04

Cabeza de paja

Cabeza de paja, cabeza alambique le decían de pequeño. Alguna vez le preguntó a su padre el significado de esas palabras. El hombre, de más de cincuenta le contestó que no lo sabía. Que se imaginaba un aparato monstruoso lleno de ruidos infernales y que así se imaginaba la mente del niño. Él gustaba de salir de la casa todos los días. No por desidia de hacer las labores domésticas, ordeñar las vacas, dar de comer a las gallinas, no. Salía de la casa por que le parecía un lugar endemoniado, lleno de ruidos viles, profanos, vulgares.
Se mantenía al borde de los matorrales que rodeaban el terreno. Desde ahí podía ver los altos muros de madera blanca de la casa. Con sus ojos disparejos, uno azul y el otro café, tenía una visión del mundo diferente. Con el café, veía a todos normales. Con el otro, el azul, veía a las personas deformes, agrietadas. De semblantes calmos, melancólicos, pero bestiales, amorfos, como un saco de carne sin hueso. Al juntar las visiones, al mirar con ambos ojos, veía una versión macabra de la vida. Jamás se atrevió, cuando tuvo conciencia de ello, a mirarse en un espejo.

8.4.04

Hace unos momentos decidí postear aquí uno de los primeros cuentos que escribí, pero no tenía ni idea de dónde lo había guardado. Tuve la vaga impresión de que estaría en una de las tantas cajas que tengo en casa llenas de papeles por revisar que nunca he revisado. Cuando abrí la caja —como era de esperarse— me atacó mi pasado. Y digo me atacó porque así fue, de improviso y directo a la yugular. Encontré varios textos de épocas prehistóricas, pero no el que buscaba. Lo que sí salió de la caja fue un sobre con fotos viejas, que Eugenia salvó de los viejos álbumes familiares —de mi familia, por supuesto. Y, como siempre que empiezo a "ordenar" me quedé viendo las fotillos con la inocencia del incauto. En las susodichas casi siempre salgo yo —era de esperarse si las apartó mi esposa—, pero empecé a verme y sentí unas irreprimibles ganas de llorar. Y así lo hice, desde lo más profundo de mi empezaron a brotar las lágrimas. Aún no puedo decir si fueron de nostalgia, de tristeza, de alegría, o de qué fueron. Estuve así un buen rato, a moco tendido, lagrimones y sollozos. Me vi en la infancia, la clásica foto del nene desnudo, el bebé en brazos de la mamá, los cumpleaños, mi hermana, yo y mi madre, yo y mi hermana, yo y mi padre, yo y mis tíos, yo solo. No sé porque lloré, si por acordarme de mí, si por tristeza de pensar en cómo creía que sería mi vida, si por compasión del niño que no sabía que su familia se derrumbaría de pronto, si de alegría de ver hasta dónde he llegado, si por acordarme de mi propio hijo —Orlando—, de ver que una familia puede ser feliz, si de saber que —aunque sonriente— era realmente infeliz, si de haber negado mi pasado hace tanto, si de haber roto con él porque siempre me ha dolido —estoy llorando de nuevo—, si de saber que el dolor no se ha ido, o por sentirme en un remanso de paz y poder desahogarme de tantos años. No sé si lloro por tantos momentos que se fueron, de tantos otros que nunca llegaron a suceder, por los rostros que se fueron o los que nunca llegaron o no regresaron, por las personas que no estuvieron o no llegaron a ser. No sé si lloro por lo que debería de estar llorando, si lo hago por reencontarme con mi pasado o porque por fin he roto con él, o si me he reconciliado, o volví a él. Y cómo vuelvo a él, es decir, con qué más cosas estoy regresando sobre esos pasos. No he visto más que imágenes, mi imagen en un pasado que no recordaba en algunos casos. No sé si las lágrimas son a petición de todos los que no recordaba —vivos y muertos [al revés y lo mismo]—. Serán las lágrimas por la inocencia que perdí, por saber que no puedo ser el mismo, o por recordar que puedo ser el mismo, por saber que dentro de mi estoy yo —el de la foto y yo mismo ahora y todos los que fui, todos los que soy—, o porque sé que era un niño con mucho miedo, o porque aún tengo miedo. La verdad no la sé y no sé si lo sabré.

JM
Y todos se quedaron ahí, esperando poder llegar a ser algo más.

5.4.04

La afilada punta se enterraba en la baranda del barco, haciendo nuevas muecas junto a las que se habían juntado a lo largo de los años. Mientras, los ojos del Capitán Garfio se mantenían mirando en lotananza entre la bruma, esperando la claridad del día. La madera cedía ante el filo de su garfio. El velamen estaba en reposo y no se oía mayor ruido en la cubierta. De pronto algo se movió entre la bruma, justo cuando el sol asomaba en el horizonte. Para el Capitán era inconfundible su estúpida silueta y volar engreído. Instintivamente alzó el garfio hacia su rostro y lo hundió en la mejilla, apenas un centímetro a la derecha de la llaga más reciente y comenzó a bajarlo hasta que llegó a su mentón. La sangre ya corría por su cara y cuello, cuando el trueno de su voz ordenó a su piratas estar listo para el ataque. Ellos, los piratas, se alistaron. Una vez que estuvieron prestos miraron hacia donde el Capitán estaba parado. Lo vieron a los ojos y sintieron una enorme veneración por aquel hombre con la cara surcada de cicatrices hechas con su garfio.

Peter Pan miró a lo lejos y vio el inconfundible velamen del Barco Pirata. Enfiló su vuelo hacia él. Orgulloso de sus atributos, Peter Pan volaba desnudo, sin nada que cubriera su cuerpo, se reverenciaba a sí mismo y no le importaba mostrar su falo mientras andaba o sobrevolaba por el Paás de Nunca Jamás. Su espada estaba siempre bien pulida y abrillantada para, de vez en cuando, poder ver su rostro y admirar de su majestuosidad. Todos los días después de hacer ejercicio, volaba un rato a la mayor velocidad y levantaba pesos, todo antes del amanecer. Lo hacía para mantenerse en forma. No le interesaba ser fuerte para vencer a la cuadrilla de truanes del Capitán Garfio, sino que le gustaba cómo se veía él mismo con los músculos marcados, el torso fornido y los brazos bien torneados. Al terminar el día, después de molestar los suficiente a los piratas, volvía hacia la Isla de la Sirenas y se dejaba consentir, lo hacía como un regalo para aquellas mujeres de pechos no siempre firmes y largos cabellos de algas. Las sabía incapaces de llegar a merecerlo, pero después de todo eran buenas y se dejaba hacer un rato.

Antes de llegar a la distancia de tiro del Barco Pirata, Peter, tomó fuertemente su espada y descendió un poco. Aumentó la velocidad y pasó rozando la oreja izquierda del Capitán Garfio que se limitó a dar la orden: ¡Ahora! Y una gran red saltó por los aires y fue a estrellarse con el niño volador. Garfio lo vio ahí, desamparado, a punto de caer en sus garras. Pero justo cuando se acercó para poder tocar aquel odiado cuerpo, la espada corta de Peter cantó en el aire y corto sus ataduras, emprendió el vuelo nuevamente. tomó su falo, lo mostró a Garfio y se marchó a toda velocidad. La punta afilada volvió a la mejilla de Garfio y penetró un poco más profundamente y la sangre se arrastró por el brillante metal, su cara, su cuello y sus raídas ropas.