Cabeza de paja IV ?Soledad I?
Es difícil sobrellevar la soledad cuando no se ha llamado. Cuando entra por una ventana y se escurre entre la cómoda. Ahí espera a que descanse la mente y se introduce hasta la médula, hasta el alma. Al despertar te encuentras solo. Se escuchan voces y se ven las siluetas de lo que siempre ha estado allí, pero ahora se ven a través de un filtro, lejanas, apagadas. Entonces te das cuenta de que siempre has estado en ese estado, que no tiene caso buscar más allá de ti. Que todo está encerrado en sí mismo y se niega la posibilidad de comunicarse con el exterior. No tiene caso tratar de asirse, no vale la pena detener la caída.
Luego llega la sensación, la certeza de la soledad en uno mismo. El sentimiento se ahonda en el pecho. Las venas se quedan huevas, las extremidades se vacían. Queda, al fina, nada más que el reducto de la mente, de los pensamientos y nos damos cuenta de que estamos solos, solo dentro de nosotros mismos. Estamos de visita en una casa vieja, maltrecha, que alguna vez fue un cuerpo. Estamos en el rincón más oscuro rumiando recuerdos de una época irreconocible. Nos adentramos más y el exterior va quedando alejado, como un simple reflejo difuso, una luz tenue, muy tenue, a través de un cristal magníficamente opaco.
La soledad a pesar de sus inconvenientes presenta una ventaja, o la disfraza como tal. El estar vacío es confortable, no ha problemas, no hay recuerdos, no hay dolor. No hay memoria, no hay odios, ni ira. En verdad no hay nada. Ni siquiera ilusiones o visiones a futuro. No hay necesidades. La soledad se disfraza, se vista de abstinencia, de ascetismo. Logra confundir haciéndose pasar por experiencia religiosa. Te obliga a separarte del mundo, de las creencias, de la alegría, pero no te lleva a ningún lugar. No te lleva a paraísos o elevados estados de conciencia.
La soledad va secando los deseos. Va deshaciendo la voluntad, hasta que solamente queda el vacío de la mente. Hecha raíces profundas y no es fácil deshacerse de ella. Es una mal hierba que si no se saca de raíz, no vale la pena seguir cortándola. De vez en cuando sale algo de nosotros. Un náufrago se asoma por las profundidades y con la nariz al descubierto trata de respirar aire fresco. En esos instantes mínimos, una vez que a soledad se asienta, crece un ansia por recuperar lo perdido. Una necesidad de volver a tener identidad. Es un aviso de supervivencia.
Es traicionera, sobretodo cuando intentamos sacudirla, quitarla. Se aferra a las venas y a los sentimientos. Pensamos que la culpa no ha sido completamente nuestra. Nos proyectamos al exterior a la caza de culpables. Ahí hay cientos, miles de causantes. Personas, situaciones, motivos. Todos están en nuestra contra. No fue nuestra culpa aislarnos, lo hicimos para protegernos de un mundo que nos busca incansablemente para hacernos daño, para eliminarnos. Nos caza para que formemos parte de un rebaño que hace las cosas sin hacer preguntas. Entonces nacen los odios, con ése o aquél. Contra todos. Son los causantes de que hayamos perdido tanto. La soledad tiene sus medios de autodefensa, de auto conservación. Al darnos cuenta de los peligros del exterior volvemos al ostracismo, a nuestros simples pensamientos.
Con el tiempo la soledad se vuelve aburrida y dan ganas de sacarla de nosotros. Entonces comienza a inventar historias, un pasado melancólico. Nuevos traumas de la infancia. Así nos vuelve a atar a la oscuridad. Empañamos más el vidrio que nos encierra. No queremos ver fuera de él. El mundo ya nos ha hecho demasiado daño. Decidimos desligarnos de los sentimientos y volvernos al estado larvario de la nada. Nada tengo, nada siento, nada soy.
Aceptar que la vida es dolor, para evitar el dolor olvidar la materia, dejarlo todo y separarse del sufrimientos. Eso hace la soledad, pero con el tiempo ya no puede ocultar sus verdaderas pasiones, las soledad te aparta tanto sin estar consciente de ellos que acabas dándote cuenta muy tarde. Todo se invade de golpe de un sentimiento de vacío. Un vacío dolorosamente palpable. Nos damos cuenta de que hemos sido allanados. Nos dejaron vacíos, sin nada, apartados del mundo, a millones de años de distancia. No somos nada y ya no podremos serlo. Hemos perdido la oportunidad de hacer una vida, o de hacer lo que planeamos alguna vez ser. La soledad se ha alimentado de todas las ilusiones, de todos los motivos y las razones. No deja nada de qué asirse, con que lograr salir a flote, entonces volvemos a caer en su trampa. Ya no nos queda nada en el exterior, no nos queda nada dentro, solo está la soledad.
Y volvemos a caer en nosotros mismos, emprendemos un trabajo de arqueología para tratar de recuperarnos. Tenemos que decidir que nos pertenece, que fue inventado, que es lo que queremos de regreso. Decidirnos completamente. Volver a nacer escogiendo que queremos ser. LA soledad mientras tanto se esconde, se inventa la ceguera. Deja de actuar un tiempo. Está a la espera, acechando. Pero los muertos no regresan, los momentos muertos, los recuerdos muertos, las historias muertas, las vivencias muertas no regresan.
Tiene mecanismos para quedarse. Tiene una fortaleza inquebrantable. Con el paso de los años no queda nada y solo nos dedicamos a hacer las cosas que tenían que ser hechas. Ir cayendo al remolino de la rutina. Vaciar el alma, la mente. La rutina que con el tiempo explota en la cara y es un aviso para escapar. Pero con la soledad en la médula, la rutina queda lejos, irremediablemente distante y su explosión no provoca mas que un leve, levísimo resplandor en el cristal. Inmediatamente después, intuyendo el caos del desastre, agradecemos que la soledad nos proteja. Al final no queda nada sólo la soledad más pura.
24.8.04
5.7.04
Cabeza de paja III
Hubo un momento crucial para él. Un momento contundentemente doloroso en el que se marcó el antes y el después. Regresaba, luego de mucho, a la casa de su infancia. En ella encontró a su padre. Ahora, a la distancia del tiempo, podía verlo de manera diferente. El lado difinido estaba cansado, con las arrugas en el rostro y la mirada cansina. El otro lado, el que lograba ver con su mirada desigual, era aquella masa amorfa tan acostumbrada, sin embargo emanaba una tranquilidad que le permitió resisitir más tiempo la imagen.
Antes de llegar hasta aquel pueblo, había estado en el velorio de su amigo. No hubiera querido mirar el cuerpo, no. Prefería respetar el reposo del alguna vez guerrero, recordando su lado definido. Pero justo antes de que la tierra lo engullera, la caja se abrió y desde allí, desde lejos, lo miró. Fue una impresión terrible, ver la cara apacible y a su lado, justo partiendo la mitad de aquel rostro inerte, el amorfo, pero no como lo viera otras veces. Eran imágenes sobrepuestas, primero era un contorno gris que pasaba al ambar y después al ocre, cambiaba de pronto a la cara más triste y luego se convertía en centenares de bocas con diminutos colmillos afilados que se comían entre sí, lanzando dentelladas fulgurantes. Al final sólo quedaba el rostro desfigurado de su amigo y del otro lado el rostro apacible.
En casa de su padre estaba de visita su tía "La Negra", una mujer diminuta que con los años iba encorvándose más todavía. Su lado desigual era, extrañamente, uno sonriente.
Esa mañana, justo antes del viaje de regreso a su cotidianidad, estaba desayunando con su padre. Su tía "La Negra" estaba a punto servirles café en sendas tazas de vidrio refractario. Colocó la cuchara en el interior de los recipientes para evitar que se quebraran con el cambio abrupto de temperaturas y dejó caer el líquido oscuro. El olor se extendió por toda la cocina. Él no acostumbrara tomar café por las mañana, había visto que era uan costumbre de su padre, de los grandes. En ese momento, con el líquido cayendo a pique dentro de la taza, el vapor elevándose y haciendo par con los lados amorfos de los presentes, supo que nada, absolutamente nada a partir de eso momento, a partir de que el líquido dejara de caer, a partir de que la última gota hiciera que la superficie ondulara por última vez, a partir de ese justo momento en que tuviera que decidir si ponerle o no azúcar a la bebida. En ese instante último en que el olor dejara de ser algo nuevo para convertirse en un olor más dentro de la cocina y se disipara entre los demás aromas de la mañana. Entonces, y no después de que los labios tocaran el borde caliente de la taza, no después de que la lengua degustara lo amargo del café, no después de que el líquido llegara a la garganta y el sabor fuera simples señales enviadas al cerebro, no después, sino entonces, en el momento justo entre ese antes y después; supo que no podría volver a ser el mismo. Supo que algo había entrado en él y había congelado una parte de sí, supo que la infancia se le había quedado atrás y que entraba al mundo de los que toman cafés por las mañanas a pesar... sí... a pesar de que los seguía viendo como algo partido e incompleto.
Hubo un momento crucial para él. Un momento contundentemente doloroso en el que se marcó el antes y el después. Regresaba, luego de mucho, a la casa de su infancia. En ella encontró a su padre. Ahora, a la distancia del tiempo, podía verlo de manera diferente. El lado difinido estaba cansado, con las arrugas en el rostro y la mirada cansina. El otro lado, el que lograba ver con su mirada desigual, era aquella masa amorfa tan acostumbrada, sin embargo emanaba una tranquilidad que le permitió resisitir más tiempo la imagen.
Antes de llegar hasta aquel pueblo, había estado en el velorio de su amigo. No hubiera querido mirar el cuerpo, no. Prefería respetar el reposo del alguna vez guerrero, recordando su lado definido. Pero justo antes de que la tierra lo engullera, la caja se abrió y desde allí, desde lejos, lo miró. Fue una impresión terrible, ver la cara apacible y a su lado, justo partiendo la mitad de aquel rostro inerte, el amorfo, pero no como lo viera otras veces. Eran imágenes sobrepuestas, primero era un contorno gris que pasaba al ambar y después al ocre, cambiaba de pronto a la cara más triste y luego se convertía en centenares de bocas con diminutos colmillos afilados que se comían entre sí, lanzando dentelladas fulgurantes. Al final sólo quedaba el rostro desfigurado de su amigo y del otro lado el rostro apacible.
En casa de su padre estaba de visita su tía "La Negra", una mujer diminuta que con los años iba encorvándose más todavía. Su lado desigual era, extrañamente, uno sonriente.
Esa mañana, justo antes del viaje de regreso a su cotidianidad, estaba desayunando con su padre. Su tía "La Negra" estaba a punto servirles café en sendas tazas de vidrio refractario. Colocó la cuchara en el interior de los recipientes para evitar que se quebraran con el cambio abrupto de temperaturas y dejó caer el líquido oscuro. El olor se extendió por toda la cocina. Él no acostumbrara tomar café por las mañana, había visto que era uan costumbre de su padre, de los grandes. En ese momento, con el líquido cayendo a pique dentro de la taza, el vapor elevándose y haciendo par con los lados amorfos de los presentes, supo que nada, absolutamente nada a partir de eso momento, a partir de que el líquido dejara de caer, a partir de que la última gota hiciera que la superficie ondulara por última vez, a partir de ese justo momento en que tuviera que decidir si ponerle o no azúcar a la bebida. En ese instante último en que el olor dejara de ser algo nuevo para convertirse en un olor más dentro de la cocina y se disipara entre los demás aromas de la mañana. Entonces, y no después de que los labios tocaran el borde caliente de la taza, no después de que la lengua degustara lo amargo del café, no después de que el líquido llegara a la garganta y el sabor fuera simples señales enviadas al cerebro, no después, sino entonces, en el momento justo entre ese antes y después; supo que no podría volver a ser el mismo. Supo que algo había entrado en él y había congelado una parte de sí, supo que la infancia se le había quedado atrás y que entraba al mundo de los que toman cafés por las mañanas a pesar... sí... a pesar de que los seguía viendo como algo partido e incompleto.
8.5.04
13.4.04
Cabeza de paja
Cabeza de paja, cabeza alambique le decían de pequeño. Alguna vez le preguntó a su padre el significado de esas palabras. El hombre, de más de cincuenta le contestó que no lo sabía. Que se imaginaba un aparato monstruoso lleno de ruidos infernales y que así se imaginaba la mente del niño. Él gustaba de salir de la casa todos los días. No por desidia de hacer las labores domésticas, ordeñar las vacas, dar de comer a las gallinas, no. Salía de la casa por que le parecía un lugar endemoniado, lleno de ruidos viles, profanos, vulgares.
Se mantenía al borde de los matorrales que rodeaban el terreno. Desde ahí podía ver los altos muros de madera blanca de la casa. Con sus ojos disparejos, uno azul y el otro café, tenía una visión del mundo diferente. Con el café, veía a todos normales. Con el otro, el azul, veía a las personas deformes, agrietadas. De semblantes calmos, melancólicos, pero bestiales, amorfos, como un saco de carne sin hueso. Al juntar las visiones, al mirar con ambos ojos, veía una versión macabra de la vida. Jamás se atrevió, cuando tuvo conciencia de ello, a mirarse en un espejo.
Cabeza de paja, cabeza alambique le decían de pequeño. Alguna vez le preguntó a su padre el significado de esas palabras. El hombre, de más de cincuenta le contestó que no lo sabía. Que se imaginaba un aparato monstruoso lleno de ruidos infernales y que así se imaginaba la mente del niño. Él gustaba de salir de la casa todos los días. No por desidia de hacer las labores domésticas, ordeñar las vacas, dar de comer a las gallinas, no. Salía de la casa por que le parecía un lugar endemoniado, lleno de ruidos viles, profanos, vulgares.
Se mantenía al borde de los matorrales que rodeaban el terreno. Desde ahí podía ver los altos muros de madera blanca de la casa. Con sus ojos disparejos, uno azul y el otro café, tenía una visión del mundo diferente. Con el café, veía a todos normales. Con el otro, el azul, veía a las personas deformes, agrietadas. De semblantes calmos, melancólicos, pero bestiales, amorfos, como un saco de carne sin hueso. Al juntar las visiones, al mirar con ambos ojos, veía una versión macabra de la vida. Jamás se atrevió, cuando tuvo conciencia de ello, a mirarse en un espejo.
8.4.04
Hace unos momentos decidí postear aquí uno de los primeros cuentos que escribí, pero no tenía ni idea de dónde lo había guardado. Tuve la vaga impresión de que estaría en una de las tantas cajas que tengo en casa llenas de papeles por revisar que nunca he revisado. Cuando abrí la caja —como era de esperarse— me atacó mi pasado. Y digo me atacó porque así fue, de improviso y directo a la yugular. Encontré varios textos de épocas prehistóricas, pero no el que buscaba. Lo que sí salió de la caja fue un sobre con fotos viejas, que Eugenia salvó de los viejos álbumes familiares —de mi familia, por supuesto. Y, como siempre que empiezo a "ordenar" me quedé viendo las fotillos con la inocencia del incauto. En las susodichas casi siempre salgo yo —era de esperarse si las apartó mi esposa—, pero empecé a verme y sentí unas irreprimibles ganas de llorar. Y así lo hice, desde lo más profundo de mi empezaron a brotar las lágrimas. Aún no puedo decir si fueron de nostalgia, de tristeza, de alegría, o de qué fueron. Estuve así un buen rato, a moco tendido, lagrimones y sollozos. Me vi en la infancia, la clásica foto del nene desnudo, el bebé en brazos de la mamá, los cumpleaños, mi hermana, yo y mi madre, yo y mi hermana, yo y mi padre, yo y mis tíos, yo solo. No sé porque lloré, si por acordarme de mí, si por tristeza de pensar en cómo creía que sería mi vida, si por compasión del niño que no sabía que su familia se derrumbaría de pronto, si de alegría de ver hasta dónde he llegado, si por acordarme de mi propio hijo —Orlando—, de ver que una familia puede ser feliz, si de saber que —aunque sonriente— era realmente infeliz, si de haber negado mi pasado hace tanto, si de haber roto con él porque siempre me ha dolido —estoy llorando de nuevo—, si de saber que el dolor no se ha ido, o por sentirme en un remanso de paz y poder desahogarme de tantos años. No sé si lloro por tantos momentos que se fueron, de tantos otros que nunca llegaron a suceder, por los rostros que se fueron o los que nunca llegaron o no regresaron, por las personas que no estuvieron o no llegaron a ser. No sé si lloro por lo que debería de estar llorando, si lo hago por reencontarme con mi pasado o porque por fin he roto con él, o si me he reconciliado, o volví a él. Y cómo vuelvo a él, es decir, con qué más cosas estoy regresando sobre esos pasos. No he visto más que imágenes, mi imagen en un pasado que no recordaba en algunos casos. No sé si las lágrimas son a petición de todos los que no recordaba —vivos y muertos [al revés y lo mismo]—. Serán las lágrimas por la inocencia que perdí, por saber que no puedo ser el mismo, o por recordar que puedo ser el mismo, por saber que dentro de mi estoy yo —el de la foto y yo mismo ahora y todos los que fui, todos los que soy—, o porque sé que era un niño con mucho miedo, o porque aún tengo miedo. La verdad no la sé y no sé si lo sabré.
JM
JM
5.4.04
La afilada punta se enterraba en la baranda del barco, haciendo nuevas muecas junto a las que se habían juntado a lo largo de los años. Mientras, los ojos del Capitán Garfio se mantenían mirando en lotananza entre la bruma, esperando la claridad del día. La madera cedía ante el filo de su garfio. El velamen estaba en reposo y no se oía mayor ruido en la cubierta. De pronto algo se movió entre la bruma, justo cuando el sol asomaba en el horizonte. Para el Capitán era inconfundible su estúpida silueta y volar engreído. Instintivamente alzó el garfio hacia su rostro y lo hundió en la mejilla, apenas un centímetro a la derecha de la llaga más reciente y comenzó a bajarlo hasta que llegó a su mentón. La sangre ya corría por su cara y cuello, cuando el trueno de su voz ordenó a su piratas estar listo para el ataque. Ellos, los piratas, se alistaron. Una vez que estuvieron prestos miraron hacia donde el Capitán estaba parado. Lo vieron a los ojos y sintieron una enorme veneración por aquel hombre con la cara surcada de cicatrices hechas con su garfio.
Peter Pan miró a lo lejos y vio el inconfundible velamen del Barco Pirata. Enfiló su vuelo hacia él. Orgulloso de sus atributos, Peter Pan volaba desnudo, sin nada que cubriera su cuerpo, se reverenciaba a sí mismo y no le importaba mostrar su falo mientras andaba o sobrevolaba por el Paás de Nunca Jamás. Su espada estaba siempre bien pulida y abrillantada para, de vez en cuando, poder ver su rostro y admirar de su majestuosidad. Todos los días después de hacer ejercicio, volaba un rato a la mayor velocidad y levantaba pesos, todo antes del amanecer. Lo hacía para mantenerse en forma. No le interesaba ser fuerte para vencer a la cuadrilla de truanes del Capitán Garfio, sino que le gustaba cómo se veía él mismo con los músculos marcados, el torso fornido y los brazos bien torneados. Al terminar el día, después de molestar los suficiente a los piratas, volvía hacia la Isla de la Sirenas y se dejaba consentir, lo hacía como un regalo para aquellas mujeres de pechos no siempre firmes y largos cabellos de algas. Las sabía incapaces de llegar a merecerlo, pero después de todo eran buenas y se dejaba hacer un rato.
Antes de llegar a la distancia de tiro del Barco Pirata, Peter, tomó fuertemente su espada y descendió un poco. Aumentó la velocidad y pasó rozando la oreja izquierda del Capitán Garfio que se limitó a dar la orden: ¡Ahora! Y una gran red saltó por los aires y fue a estrellarse con el niño volador. Garfio lo vio ahí, desamparado, a punto de caer en sus garras. Pero justo cuando se acercó para poder tocar aquel odiado cuerpo, la espada corta de Peter cantó en el aire y corto sus ataduras, emprendió el vuelo nuevamente. tomó su falo, lo mostró a Garfio y se marchó a toda velocidad. La punta afilada volvió a la mejilla de Garfio y penetró un poco más profundamente y la sangre se arrastró por el brillante metal, su cara, su cuello y sus raídas ropas.
Peter Pan miró a lo lejos y vio el inconfundible velamen del Barco Pirata. Enfiló su vuelo hacia él. Orgulloso de sus atributos, Peter Pan volaba desnudo, sin nada que cubriera su cuerpo, se reverenciaba a sí mismo y no le importaba mostrar su falo mientras andaba o sobrevolaba por el Paás de Nunca Jamás. Su espada estaba siempre bien pulida y abrillantada para, de vez en cuando, poder ver su rostro y admirar de su majestuosidad. Todos los días después de hacer ejercicio, volaba un rato a la mayor velocidad y levantaba pesos, todo antes del amanecer. Lo hacía para mantenerse en forma. No le interesaba ser fuerte para vencer a la cuadrilla de truanes del Capitán Garfio, sino que le gustaba cómo se veía él mismo con los músculos marcados, el torso fornido y los brazos bien torneados. Al terminar el día, después de molestar los suficiente a los piratas, volvía hacia la Isla de la Sirenas y se dejaba consentir, lo hacía como un regalo para aquellas mujeres de pechos no siempre firmes y largos cabellos de algas. Las sabía incapaces de llegar a merecerlo, pero después de todo eran buenas y se dejaba hacer un rato.
Antes de llegar a la distancia de tiro del Barco Pirata, Peter, tomó fuertemente su espada y descendió un poco. Aumentó la velocidad y pasó rozando la oreja izquierda del Capitán Garfio que se limitó a dar la orden: ¡Ahora! Y una gran red saltó por los aires y fue a estrellarse con el niño volador. Garfio lo vio ahí, desamparado, a punto de caer en sus garras. Pero justo cuando se acercó para poder tocar aquel odiado cuerpo, la espada corta de Peter cantó en el aire y corto sus ataduras, emprendió el vuelo nuevamente. tomó su falo, lo mostró a Garfio y se marchó a toda velocidad. La punta afilada volvió a la mejilla de Garfio y penetró un poco más profundamente y la sangre se arrastró por el brillante metal, su cara, su cuello y sus raídas ropas.
31.3.04
Y te fue dictado lo que deberías hacer. Tus ojos se inundaron de incontables lágrimas, que no serían suficientes para acallarar tu corazón. De ahora en adelante serías el maldito, te convertiste en el símbolo de la traíción. Imploraste a tu nuevo Dios por misericordia. Le rogaste que no pidiera de ti tal cosa. ¿Cómo tú debías llevar a cabo la tarea? Tú, quien más fiel habías sido. Tú, quien no se atrevería a negarlo. Tú, el más incondisional de los doce. Pero además de todo debías aceptar la paga. Sellar el pacto humano de la desgracia. Tú, serías el artífice del destino. Te descubriste presa de la mano que todo lo maneja. Intentaste negar la tarea. Tu mente se desfiguró tratando de entender el designio y él, el hijo, lo sabía. te lo dijo la noche antes con todas las letras. Un dolor insoportable acudía a tu cuerpo. Miles de alfileres y dientes puntillosos se encajaban en cada parte de tu memoria. Cómo serías capaz de decir la mentira que lo mandaría a la muerte. En quien habías puesto tu fe, te pedía la negaras. Pero no te quedo nada más que aceptar la decisión. Con paso tambaleante te dirigiste hacia la casa de los notables, pediste hablar con el jefe del consejo y pusiste precio a la traición. Cuando te encontrabas fuera, miles de ángeles, bestias divinas, comenzaron a rodearte. Sabias que venían a llevarte ante tu Dios para sentarte a su lado y esperar a tu maestro. Corriste lo más veloz que te fue posible, no miraste atrás. Saliste de la ciudad. No sabías que hacer. Tu grandiosa fe, tu fe que podía hacer cualquier cosa, tu fe tan confiadamente entregada se había perdido, se enciontraba rota. Los ángeles seguían tus pasos. Aclamaban tu nombre y hacían alabanzas de tu entereza. Sabías que habías hecho lo que debías hacer, pero el remordimiento y la culpa te llenaban los oídos. corriste hasta el árbol. Cogiste la soga y dejaste caer tu cuerpo. Un torbellino de fuego te cubrió. No ansiabas las llamas, pero no podías ver a la cara otra vez a tu Dios y volver a perder la fe. Allí entre demonios, podías al menos creer que en un lado opuesto existían Él y tu maestro.
30.3.04
Y en tu cabeza escuchabas ambas voces en igual potencia. Él, tu padre, te decía que así debían de ser las cosas. La otra te decía que podría haber sido de otra manera. eran casi la misma voz. A tus pies podías ver a las dos mujeres, una tu madre; la otra, quien hubiera sido algo más que tu seguidora, si realmente hubieras podido decirle lo que sentías por ella. en tu mente se debaten el deber y el deseo. Hubieras querido sentir sus generosos senos en tus manos, el sabor de su piel, el sabor de la saliva de su boca, hubieras querido hacerle el amor, tener tu sexo en su sexo. Quisieras gritarle que es una farsa, que la quieres, que la deseas. Quieres pedirle a tu madre que los detenga. Deseas tener el poder para decir basta. Entonces, en ese momento las voces en tu cabeza se callan. El silencio te aprisiona. En tu mente queda grabado el rostro de quien deseabas como amante.
Desde que te fue anunciado su nacimiento supiste que sería una etapa ardua de la vida. Desde que era pequeño trataste de ser una guía para él. De acuerdo a lo que te fue revelado, crees haber hecho el trabajo como lo esperaban. Pero dónde queda lo que tú querías hacer con tu hijo. Dónde queda el amor que querías darle, dónde queda todo lo que se supone ser madre de un hijo. Cuando estaba ya en manos de ellos tu fe se tambaleó y por un momento pensaste en hacer algo para impedir el destino. Te preguntabas por cuánto tiempo más iba a permitir el dolor, por cuánto tiempo más permitiría que siguieran, cuánto más había que pagar por ellos. Alguien te entregó un lienzo y cuando se fueron y lo llevaron ante el gobernador recogiste lo único que te quedaba de él: su sangre, lo último que podía llegar a pertenecerte como madre. Subieron las pendiente, lo más pronto que podías con el peso de tus años a cuesta. En trayecto te acercaste a él como último instinto para asegurar su bienestar, pero estaba más allá de tí: "aquí estoy hijo", dijiste. Y él siguió su camino. Mientras te arrodillaste frente a él, mientras lo preparaban, tus manos se enterraron entre los carrizos y los puños se cerraron en tu impotencia. Los pedruscos sacaron la sangre de tus palamas. Buscaste algo de la parte que te tocaba, pero todo él era para otros. Viste como amoldaban su cuerpo por la fuerza para hacer la señal santa. Después cuando el tiempo pasó y la tormenta hizo su presencia lo bajaron y te acercaste a él. Te despediste de tu hijo, tu tarea había sido cumplida de acuerdo a lo estipulado. Pero el vacío quién lo llenaría, quién pagaría deuda tan grande. Quién te devolvería lo que podrías haber sido.
Mientras mirabas como era martirizado, recordaste el día en que lo conociste. Te habían descubierto en el lecho de otro hombre. Junto a alguien que no era tu esposo legítimo. Buscaste refugio en las calles desiertas, pero la muchedumbre te busco hasta el cansancio. Los pedruscos se estrellaban en tus sienes, en tu rostro, en el vientre, en los senos y las pantorrillas. La luz de la mañana fue bloqueada por una figura que emitió unas palabras y dibujó un símbolo en la tierra. Las pedradas se detuvieron y la gente se dispersó. Levantaste la vista y miraste el rostro más hermoso que jamás habías visto. La imagen de tus mútiples amantes se desdibujó de tu recuerdo y sólo permaneció la suya. Ese día, mientras lo azotaban, ansiabas tocar su piel. Estirar tu mano y poder recordar la suavidad de aquellos muslos, como se sentían las palmas de su mano en tus mejillas. Las lágrimas recorrían tu rostro, cada recuerdo verdadero y cada falacia volvían a tu mente y el dolor de la memoria atenazaba tu garganta y ninguna palabra salía de ella. Mirabas en una especie de trance como golpeaban su cuerpo. Llorabas por no haberlo conocido antes, por no haberlo enamorado, por no haberlo apartado de aquel camino, por no haber podido probar su sexo, por no poder haber tendio su falo en tu boca, por no haber podido tocar más allá de sus muslos, por no haber podido yacer con él, por no haberlo conocido, por no haber podido conocer su lengua danzando en la tuya. Lloraste por lo que pensabas, por no haber podido reprimir aquellos sentimientos, por no haber podido hacer nada, por no haber podido decir la verdad a los cuatro vientos, por no tener un hijo suyo en tu vientre, por no poder decirle cuánto lo amabas, por ver cómo su cuerpo se vaciaba de su sangre, llorabas por no poder beber su sangre y comerte su cuerpo allí mismo.
Y mientras lo mirabas a él, tu sangre no dejaba de llegar a tus sienes. Lo odiabas más por lo que significaba su presencia que por estar en desacuerdo con su enseñanza. Desde pequeño te habían enseñado que Él estaba en las alturas, que Él era el Dios de los ejércitos, el que demolería a tus enemigos, el que no daría paz a los que perjuriaron en contra de tí y tu pueblo. tú eres el centro del mundo. El principal del consejo. En tu corazón sabías que había verdad dentro de sus palabras, dentro de tí, sabías que el mundo estaba cambiando. Las realidades ya no se correspondían. Cada vez que escuchabas el silbido del cuero cruzando el aire, tu espíritu se contraía y tus ojos buscaban el amparo de los tuyos, pero junto a tí solamente encontraste ojos inyectados de ira. Los otros como tú, los representantes de tu pueblo estaban allí ansiando la destrucción del condenado. Tu piel se hacía cada vez más pálida. En tu mente escuchabas la misma voz que sabías él escuchaba. Pero cómo dejar atrás las enseñanzas de tu vida, de tu pueblo, de tus raíces. Cómo hacer para dejar de lado la costumbre, cómo dejar las doctrinas que habían salvado a tu pueblo por tanto tiempo. Te sabías de una civilización pujante, un pueblo en vías de expandir sus territorio por medio de los subterfugios de la fe. Y ese día mientras él era clavado, tuviste la certeza de que estabas equivocado. Regresaste al templo y pusiste tus manos en el pebetero hasta dejarlas supurantes y marcadas para no olvidar tu error. Y así emprendiste el camino de tu pueblo, el de tu Dios.
29.3.04
Escuchas el despertador a las seis menos cuarto. Estiras tu brazo y dejas que repose apenas un segundo sobre la mesilla de noche. Con los dedos estirados alcanzas el snooze y lo oprimes, más por la fuerza de la gravedad ejecida en tu carne que por voluntad propia. Puedes sentir la vibración de las ventanas al paso del avión rumbo al aeropuerto. Finjes no poder pararte, pero nunca has sido una buena actriz. Te pones de pie y enfilas al sanitario. Lavas tu cara. Miras el rostro que te devuelve el espejo. Tratas de hacerte una mueca divertida para animarte la mañana. Tomas el cepillo de dientes, colocas pasta sobre las cerdas y lo introduces en tu boca. sientes el frescor subiendo por las paredes de tu boca, llega a tu campánula y asciende hacia tu nariz. El picor te despierta un poco más. Escupes la espuma y limpias tu rostro en la toalla percudida. Regresas a tu habitación, tomas una remera y te la pones. Sientes tus pechos un poco apretados. Ahora, tomas un pantalón de mezclilla a tonos rosas y naranjas. Vuelves al baño y pones agua a tu pelo. Lo dejas despeinado. En ese momento vuelve a prenderse el radio y escuchas las noticias, un poco de tráfico. Decides usar el tren para evitar retrasos. Tomas tu bolso y sales de casa. Olvidas tus llaves, pero no te preocupas, de regreso llamarás al cerrajero o pasarás a casa de tu madre de camino de vuelta. Caminas hacia la estación y esperas junto a miles de personas el tren que te llevará a tu destino. Estás a punto de arrepentirte de tu decisión, pero el tren llega con tan sólo un retraso de minutos. Abordas el tren entre empujones. Entre todos los roces, te llama la atención una piel suave. Haces tu cabeza a un lado y alcanzas a mirar el rostro cetrino de un muchacho joven, casi de tu misma edad, 22 años. Las puertas se cierran y quedas un lado suyo. Lleva una mochila voluminosa y, al igual que tú, está sudando por el calor del tren y la gente que lo habita. Entre forcejeos logra quitarse la mochila, tú aprovehcas y te acercas un poco más a él, so pretexto de que te empujaron. Sus cuerpos quedan pegados. El no aparta la mirada de la puerta de salida. El tren hace un alto brusco y todos exclaman su enojo. Tu debes llegar a la estación de enlace, pero antes deben pasar por otra estación. Esperas que se despeje un poco el cupo del vagón. Llegan a la estación intermedia y muchos se bajan. Entre los empujones no te percatas de que el muchacho ya no está. Te das cuenta de que se ha bajado. Miras al suelo y ves la mochila del joven. Algo en tu interior te descubre una angustia. Miras tu reloj: 7:27 a.m. Escuchas un móvil. nadie contesta. sigue sonando. Tu mirada baja hasta donde se encuentra la mochila. Algo te angustia, no sabes qué es. 7:28 a.m. Otro timbrazo. 7:29 a.m. Recuerdas la estación de radio que te despertó por la mañana, la sensación de la mesilla de noche en tu brazó, la fuerza de gravedad actuando sobre tus dedos, el sabor del dentrífico, tus senos un poco apretados por la ropa, el agua sobre tu cara, el agua en tu cabello despeinado, nuevamente el radio despertando del snooze, las llaves olvidadas, el cerrajero, el apartamento de tu madre a la vuelta del trabajo, la piel cetrina, la mirada perdida del muchacho, el sonido del móvil. Debías estar en tu trabajo, en Madrid, a las ocho menos cuarto...
26.3.04
En un principio era el vacío. En él habitan un dragón y un fénix. Y en el vacío hacía un frío glacial. El fénix agonizaba pues su fuego se extinguía cada vez más. Entonces él y el dragón decidieron hacer algo. El fénix se introdujo en el vientre del dragón y eso hicieron y fue bueno. El dragón soportaba el frío. Así el fénix dentro del dragón ganó fuerza y gestaba las cosas. Y así fue por un tiempo. Hasta que el vacío fue para ellos demasiado vasto, entonces el dragón entró en un estado de ensimismamiento y frente a él apareció el ave de fuego y le mostró todo lo que había creado en su mente. Entonces el dragón loperfeccionó y juntos le dieron forma a todo cuanto habían creado.
Una vez que estuvo listo el dragón exhaló una gran llamarada que iluminó la nada y el vacío. Así tomaron existencia todas las coasas que fueron, son y serán.
Una vez que estuvo listo el dragón exhaló una gran llamarada que iluminó la nada y el vacío. Así tomaron existencia todas las coasas que fueron, son y serán.
Esta noche, en los países predominantemente cristianos de Europa y América, se reunirán pequeñós grupos de personas para celebrar ceremonias culturales decididamente no cristianas. Se congregarán en el cuarto de estar de un piso céntrico de la ciudad, en la habitación familiar de una casa de las afueras, en el sótano o en el ático. No tienen iglesias o capillas, tempos o santuarios donde adorar a su deidad. Allé donde se reuúnen cubren las ventanas, cierran las puertas con cerrojo, y el lugar de culto se ilumina simplemente con cirios; porque su religión es un misterio; su ritual, un saber secreto y esotérico.
Hay alguien allí. Detrás de la puerta. Puedo sentir su presencia, puedo darme cuenta del miedo que fluye de él hacia mí. Es una sustancia vaporosa, pero al fin sustancia que no logra levantarse más allá de unos centímetros del suelo. Es del color de un incienso de sándalo. Se va arrastrando con fluidez y está a punto de alcanzarme. Mientras tanto, yo en la cama no logro despertarme. Tengo miedo. Miedo de que el miedo me alcance.
11.3.04
Basta de violencia
Hoy por la mañana me enteré de que hubo un mega atentado terrorista en España. No saben a quién achacárselo, pero hay muchos muertos. Estuve leyendo blogs de españoles, hasta el momento, parece que ninguno de ellos sufrió pérdidas.
Un minuto de silencio. Descansen en paz las víctimas dela humanidad.
JM
Hoy por la mañana me enteré de que hubo un mega atentado terrorista en España. No saben a quién achacárselo, pero hay muchos muertos. Estuve leyendo blogs de españoles, hasta el momento, parece que ninguno de ellos sufrió pérdidas.
Un minuto de silencio. Descansen en paz las víctimas dela humanidad.
JM
4.3.04
?Qu? hay de nuevo?
Pues na. Hace unas semanas me contacto una mujer de cuyo nombre no puedo acordarme, aunque lo tengo anotado en alg?n lugar del cual tampoco puedo acordarme, pero queda el escape de salida de que conozco a la persona que puede saber su nombre, pero no tengo su tel?fono, pero ah! s? quien lo tiene: Eugenia.
El caso es que a esta mujer le mande un manojo de mis poemas para ver si se animaba a hacer una lectura en voz alta, y result? que le gustaron mucho y que le dispar? el resorte creativo para poder llevarlo a cabo.
Los poemas versan sobre la disyuntura que se da cuando uno escapa de la religi?n cat?lica. Son muy ?cidos y llenos de ira y rencor, pero me gustan, est?n muy buenos. Cabe se?alar en este punto que el Dios cat?lico y yo ya nos dimos la mano y quedamos en paz. ?l no se mete conmigo y yo no me meto con ?l, salvo algunas circunstancias en las que sus fieles meten las cuatro patas, pero bue... nadie es perfecto, ?cierto?
Total que el show que se le ocurri? a esta mujer es hacer una especie de di?logo enfrentado entre mis textos y los de Santa Teresa de Jes?s, un contrapunto violento, pero que no dudo que tena sus matices gustozos y cat?rticos. Le coment? a mi querido Duque de Monroy y G?mez Tagle que ser?a un alt?simo honor de representar al monje que har? las veces de lector de mi obra, mientras seguimos en la busca de la mujer que interpretar? a la monja leyendo la obra de Santa Teresa.
Adem?s hay que buscar el espacio, el patrocinador para el vestuario y todo lo dem?s. Habr? que hacer una buena publicidad para que la gente vaya. Y un trabajo que se llevar?, calculo, al menos tres meses y no s? cuanto dinero, pero estoy emocionado y queiro llevarlo a cabo.
Por otro lado estoy trabajando un poemario, del cual se desprenden los textos anteriormente citados para poder presentarlo a concurso y lograr su publicaci?n, s? saben de alguien que se interese en publicar poes?a me avisan.
En otras noticias hemos estado ajetreados mucho tiempo, hay muchas cosas que hacer en la chamba y en la casa. La familia ha estado dando lata. Nos hemos dado cuenta de que mi madre, por cuestiones que yo achaco a su edad [menopausia y golpe de la edad madura], ha cambiado su actitud hacia nosotros. No para mal, del todo, pero lo que s? est? haciendo es interferir m?s de la cuenta en asuntos que son meramente de pareja y de padres a hijos, en este caso Eugeni y Yo con Orlando.
El d?a de ayer platicando le dije que ser?a buena idea mudarnos al mismo tiempo que ellos lo har?n de su edificio, y poner la distancia de la confusi?n por un tiempo. Es decir, chispas nos cambiamos al mismo tiempo y no pudimos decirles a donde. bviamente no ser? del todo cierto, pues no podemos apartar as? como as? al nieto de la abuela, pero si provocar cierto distanciamiento. Eugenia me dijo algo as? como: "Pero son tu familia" a lo que yo respond?: no, mi familia eres t? y Orlando. Lo cual es perfectamente cierto. No tengo lazos que me unan directmente a ellos. Es decir por un lado la sangre, quiz? sea lo m?s fuerte, pero siempre he pensado que la sangre que me han dado no es suya totalmente es una conjugaci?n de miles de factores y sangre de muchas generaciones y si de lealtad se trata pues no se las debo a ellos sino a un mill?n de personas queni siquiera conozco. Adem?s las ra?ces no son s?lo eso. Mis ra?ces son m?s profundas, van m?s lejos.
No tengo rencores ni odios hacia ellos. Los quiero como familia, pero no estoy dispuesto a que traten de vivir a trav?s de m?, ahora que se han dado cuenta de que no se atreven a vivir su vida por que les dio miedo. Yo aprend? la lecci?n a la malas. De pronto un d?a me encontr? casi s?lo en un departamente rentado, con mis padres en otro lado, mi hermana en la huegla de la UNAM y yo sin un centavo. Pero ello me ayud? mucho a madurar. Ahora soy s?lo de mi mismo.
Y entend? que las cosas son como son porque as? ten?an que ser, pues de no tener que ser as?, hubieran sido de otra manera, pero no lo fueron, ergo, est? bien que sean como son.
Yo creo que para el 20 de este mes estaremos preparando un festejo. Eugenia y yo cumplimos 4 a?os desde aquel d?a en que empezamos como novios. Es una de las fechas m?s significativas para nosotros. As? que habr? pachanga, s?lo falta conseguir el espacio.
Bueno, pienso que es todo por el momento. Prometo escribir m?s seguido.
Saludos,
JM
Pues na. Hace unas semanas me contacto una mujer de cuyo nombre no puedo acordarme, aunque lo tengo anotado en alg?n lugar del cual tampoco puedo acordarme, pero queda el escape de salida de que conozco a la persona que puede saber su nombre, pero no tengo su tel?fono, pero ah! s? quien lo tiene: Eugenia.
El caso es que a esta mujer le mande un manojo de mis poemas para ver si se animaba a hacer una lectura en voz alta, y result? que le gustaron mucho y que le dispar? el resorte creativo para poder llevarlo a cabo.
Los poemas versan sobre la disyuntura que se da cuando uno escapa de la religi?n cat?lica. Son muy ?cidos y llenos de ira y rencor, pero me gustan, est?n muy buenos. Cabe se?alar en este punto que el Dios cat?lico y yo ya nos dimos la mano y quedamos en paz. ?l no se mete conmigo y yo no me meto con ?l, salvo algunas circunstancias en las que sus fieles meten las cuatro patas, pero bue... nadie es perfecto, ?cierto?
Total que el show que se le ocurri? a esta mujer es hacer una especie de di?logo enfrentado entre mis textos y los de Santa Teresa de Jes?s, un contrapunto violento, pero que no dudo que tena sus matices gustozos y cat?rticos. Le coment? a mi querido Duque de Monroy y G?mez Tagle que ser?a un alt?simo honor de representar al monje que har? las veces de lector de mi obra, mientras seguimos en la busca de la mujer que interpretar? a la monja leyendo la obra de Santa Teresa.
Adem?s hay que buscar el espacio, el patrocinador para el vestuario y todo lo dem?s. Habr? que hacer una buena publicidad para que la gente vaya. Y un trabajo que se llevar?, calculo, al menos tres meses y no s? cuanto dinero, pero estoy emocionado y queiro llevarlo a cabo.
Por otro lado estoy trabajando un poemario, del cual se desprenden los textos anteriormente citados para poder presentarlo a concurso y lograr su publicaci?n, s? saben de alguien que se interese en publicar poes?a me avisan.
En otras noticias hemos estado ajetreados mucho tiempo, hay muchas cosas que hacer en la chamba y en la casa. La familia ha estado dando lata. Nos hemos dado cuenta de que mi madre, por cuestiones que yo achaco a su edad [menopausia y golpe de la edad madura], ha cambiado su actitud hacia nosotros. No para mal, del todo, pero lo que s? est? haciendo es interferir m?s de la cuenta en asuntos que son meramente de pareja y de padres a hijos, en este caso Eugeni y Yo con Orlando.
El d?a de ayer platicando le dije que ser?a buena idea mudarnos al mismo tiempo que ellos lo har?n de su edificio, y poner la distancia de la confusi?n por un tiempo. Es decir, chispas nos cambiamos al mismo tiempo y no pudimos decirles a donde. bviamente no ser? del todo cierto, pues no podemos apartar as? como as? al nieto de la abuela, pero si provocar cierto distanciamiento. Eugenia me dijo algo as? como: "Pero son tu familia" a lo que yo respond?: no, mi familia eres t? y Orlando. Lo cual es perfectamente cierto. No tengo lazos que me unan directmente a ellos. Es decir por un lado la sangre, quiz? sea lo m?s fuerte, pero siempre he pensado que la sangre que me han dado no es suya totalmente es una conjugaci?n de miles de factores y sangre de muchas generaciones y si de lealtad se trata pues no se las debo a ellos sino a un mill?n de personas queni siquiera conozco. Adem?s las ra?ces no son s?lo eso. Mis ra?ces son m?s profundas, van m?s lejos.
No tengo rencores ni odios hacia ellos. Los quiero como familia, pero no estoy dispuesto a que traten de vivir a trav?s de m?, ahora que se han dado cuenta de que no se atreven a vivir su vida por que les dio miedo. Yo aprend? la lecci?n a la malas. De pronto un d?a me encontr? casi s?lo en un departamente rentado, con mis padres en otro lado, mi hermana en la huegla de la UNAM y yo sin un centavo. Pero ello me ayud? mucho a madurar. Ahora soy s?lo de mi mismo.
Y entend? que las cosas son como son porque as? ten?an que ser, pues de no tener que ser as?, hubieran sido de otra manera, pero no lo fueron, ergo, est? bien que sean como son.
Yo creo que para el 20 de este mes estaremos preparando un festejo. Eugenia y yo cumplimos 4 a?os desde aquel d?a en que empezamos como novios. Es una de las fechas m?s significativas para nosotros. As? que habr? pachanga, s?lo falta conseguir el espacio.
Bueno, pienso que es todo por el momento. Prometo escribir m?s seguido.
Saludos,
JM
Suscribirse a:
Entradas (Atom)